Autor

Autor: Maestro Andreas

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Capítulo XVII


Quedaba poco para llegar a Salamanca, tras unas cabalgadas extenuantes y sin dar resuello a los caballos, cuando al conde se le ocurrió que Ramiro, en compañía de Rui, Iñigo y Sergo, se adelantasen apretando el paso para localizar un lugar donde abrevar a las bestias y adecentarse ellos mismos antes de hacer su entrada en la ciudad.

Los chicos así lo hicieron y ya alejados del resto del grupo algunas leguas, al bordear un otero casi pisotean a dos rapaces de aspecto cativos tirados sobre el camino y atados de pies y manos.
Y nada más detenerse para saber que les ocurría a los tales, una docena de salteadores de caminos cayeron sobre ellos derribándolos de sus monturas y haciéndolos presos.


Los chicos no pudieron ni desenvainar sus espadas cuando ya estaban en el suelo sujetos por tres garrulos cada uno, sucios y que apestaban a vino y miseria.
Les ataron las manos y sujetos por el cuello los llevaron con los dos señuelos hacia un bosque cercano donde los amarraron a todos a unas encinas ya añejas y cuyas frondosas copas oscurecían más el futuro de los indefensos muchachos.
No pasara más de una media hora y los bandoleros, ebrios de vino, soltaban carcajadas viendo a los seis chavales con sus pechos pegados contra los troncos de los vetustos árboles y acompañaban su hilaridad con procacidades e insultos relativos a las frescas carnes de aquellos chicos, que los trataban como si fuesen hembras lozanas y les pusiesen las pollas a esos ruines malandrines como tarugos tan tiesos y duros como vergajos.

Uno de los jodidos cabrones, tambaleándose, se fue derecho hacia uno de los cativos usados de cebo, y con una navaja trapera le rasgó la ropa por la espalda, rajando también el trasero de las calzas del chico.
Y le faltó tiempo para sacarse la sucia verga, dura como un ariete, y sin preparativo alguno ni lubricación violó al muchacho, que desgarró el aire con un grito feroz que aterró al mismo infierno, como si en lugar de meterle un cipote de carne lo hubiesen empalado con un hierro al rojo.
Los otros tipejos jaleaban a su compinche mientras se follaba al chaval y lo animaban a que le diese con más fuerza y le rompiese el culo para que sangrase como una moza al rasgarle el virgo.
Y el chico sangró, pero con más abundancia de la precisa para perder la virginidad y perdió también el conocimiento antes que el puto mamarracho que lo jodía terminase su fechoría eyaculando dentro de las tripas del infeliz.


Aquel espectáculo encendió los ánimos y la lujuria de los otros bandidos y varios abrieron sus braguetas para dejar salir sus putos carajos empalmados y mal olientes.
Y, metiéndose más vino al coleto, como si más que hombres fuesen odres, se lanzaron a por el resto de los muchachos y les arrancaron las vestiduras a todos con el fin de comenzar una brutal orgía a costa de sus jóvenes y preciosos culos.

Tanto Ramiro como Sergo e Iñigo se revolvían como perros rabiosos, dañándose las muñecas con las sogas, y proferían toda clase de maldiciones e insultos contra esa piara de cochinos encelados al ver sus carnes tersas y recias, pero sólo lograron excitar más a sus acosadores, al punto que unos a otros se disputaban ser el primero en catar sus nalgas y perforarles el ojete.
Y se enzarzaron en salvajes peleas entre ellos que terminaron con más de una cuchillada mal dada previsiblemente con consecuencias nefastas para el herido.

Y en eso, el jefe, que se mantenía un tanto al margen de la fiesta, se puso en pie y pegando un berrido de cabrón, el mal nacido hizo valer su privilegio de ser quien desflorase al furioso mozo de cabellos negros y cuerpo de macho cabrío.
Y el rufián, como si fuese a enfrentarse con un toro bravo en lugar de ir a mancillar el honor de una bella zagala, jodiéndola viva, que sería lo más apropiado dadas las circunstancias, se fue hacia Ramiro bajándose las calzas para poder darle por el culo con mayor comodidad.

Sergo, atado en la encima más cercana a la de Ramiro, le escupió al miserable jefe de los rufianes y éste, cabreado como un mono al que unos niños le hacen burla ante las rejas de su jaula, paró en seco antes de proseguir con sus aviesas intenciones y con titubeante paso de beodo y agarrando con la derecha su propio cinto de cuero, se acercó a Sergo y se dispuso a azotar la fuerte espalda y las nalgas del rubicundo chaval medio vikingo.


El gesto y la bravura de Sergo animó a los otros chicos y también escupieron a quienes se les acercaban y bramaban como leones intentando romper las cuerdas que los mantenían atados a los árboles.
Pero no sólo no consiguieron soltarse, sino que empeoraron las cosas, irritando más a sus captores, tanto al aumentar su enfado como incrementando sus ganas de partirles el ano con sus putos carajos de mierda.
Y el primero en pagar las consecuencias fue el otro rapaz que usaran como señuelo para atrapar a las cuatro prendas del conde, porque un zoquete empapado en vino por dentro y por fuera chorreado de orines, se la calcó de mala manera por el agujero del culo y también se lo rajó como al otro pobre incauto que fuera violado primero.
Y éste todavía gritó y aulló con más fuerza y rabia que su amigo y hasta las hojas de las encinas se estremecieron y se agitaron como si un viento repentino e inmisericorde las zarandease bruscamente.
Y a ese chillido sobrecogedor lo acompañaban los que emitía Rui, al que también se lo follaba otro desalmado con dureza y que atinó mal para clavársela por el ojo del culo, causándole un daño gratuito, y esos gritos de dolor se unían al zumbido de los latigazos que estaba recibiendo la carne de Sergo, comenzando ya a rompérsele la piel y señalarse con zurriagazos colorados que pronto se tornarían en malvas.

Iñigo se enfureció y sacó su orgullo de caballero y vástago de una noble familia con antiguos blasones y sólo logró que otro mequetrefe que no soportaría un par de hostias bien dadas lo agarrase por las caderas y se dispusiese a incrustarle su jodido pito por el culo, después de atizarle un cachiporrazo en el coco que lo dejó sin sentido.
Y Ramiro apretó los dientes y juró sin palabras llevar a cabo la más bestial de las venganzas contra todos aquellos hijos de la gran puta que los estaban jorobando y humillando tan miserablemente.

Y como si el cielo oyese sus pensamientos y esas palabras ahogadas en su garganta, una flecha surgida desde un infinito impreciso atravesó por la espalda el corazón del puñetero jefe de la banda, que cayó muerto al instante. Y sin solución de continuidad, relámpagos de hierro que destellaban ira cortaban cabezas y miembros como si se anticipara la época de la cosecha y las espigas de trigo cayesen limpiamente cortadas por la base de sus tallos.
Hasta el truhán que intentaba metérsela a Iñigo se quedó seco con el pito en la mano en cuanto la espada del conde lo decapitó de un tajado brutal.
Al resto se los iban cargando sin pausa, pero Ramiro gritó con furia que no los matasen a todos porque era preciso hacer justicia y tomar cumplidas represalias por los escarnios a que habían sido sometidos por esos hijos de mala madre preñada en noche de truenos por un cabrón de cuernos retorcidos.


El chico estaba ciego de ira y sediento de venganza cruel y necesitando que la sangre de aquellos peleles lavase su honor pisoteado y arrastrado por el lodo de una vergüenza y un oprobio sin precedentes para él.
Y el conde, aunque no aprobase del todo hacer una carnicería con los pocos supervivientes que aún quedaban enteros o medio completos, pero ya muy perjudicados, quiso complacer a ese altivo chaval y ordenó que no los matasen rápidamente y sin mayores trámites, permitiendo que el mismo Ramiro llevase a cabo su particular venganza.

Y de los cuatro facinerosos que le entregaron, a dos los abrió en canal, metiéndole la espada por el ojo del culo y retorciéndola a cada centímetro que avanzaba en su mortífero corte.
Y a otro lo cegó arrancándole los ojos con la punta de un puñal y, tras cortarle las orejas y la lengua, le amputó uno a uno los dedos de las manos y terminó dando muerte a un cuerpo que yacía inconsciente desde el segundo dedo que le cortara.
El otro se lo ofreció a Sergo y éste lo despachó con más prontitud partiéndolo en trozos a base de hachazos.
El mancebo socorrió a los otros dos chicos desconocidos que también fueran víctimas de los atracadores y ayudado por los eunucos procedió a limpiarles los esfínteres destrozados y curarles las heridas para evitar una infección que les trajese males mayores a los dos pobres muchachos.

Y en cuanto dejó a esos chavales en manos de los castrados, se acercó a Sergo y con un mimo exquisito le limpió la sangre de su espalda y aplicó sobre los verdugones uno de los milagrosos ungüentos que preparaba Hassan para aliviar el dolor y procurar remedio a tales magulladuras.
Y a Nuño le tocó atender las desolladas muñecas de Iñigo, que, con tanto forcejeo por desatarse, las tenía en carne viva y sangraba por la falta de piel.

Era un panorama lamentable y la comitiva del conde se había convertido sin sentido alguno en un hospital de campaña liando vendas y poniendo emplastos a unos y a otros.
Pero por fortuna el balance no era tan grave como pudiera pensarse y sólo había que lamentar un par de anos rotos y seis pares de muñecas severamente rozadas, además de los surcos sanguinolentos en la espalda del cachorro vikingo, gracias a la rápida intervención del conde y el resto de sus hombres, alertados por los gritos del segundo rapaz violado y de Rui, así como por el sonido seco y silbante de los correazos que le endiñaban a Sergo.


Y al lado del mancebo y el otro mozo y puesto a cuatro patas, Rui recibía en el ojete ardido los cuidados de Ramiro con un toque de delicadeza inusual hasta entonces entre los dos.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Capítulo XVI


Ramiro se había empecinado en mantener una animada conversación, caballo con caballo, con el mancebo, sin importar demasiado el tema del que tratase la charla, puesto que su interés estaba en el chico en sí mismo y no en las opiniones que éste pudiese tener sobra nada en concreto.
Pero la actitud reticente de Sergo a dejarle el campo libre, así como el acoso de Rui hacia el mozo que lo cubriera tan generosamente durante la noche, hacían difícil una comunicación fluida entre Guzmán y Ramiro, sin que cada dos por tres los interrumpiesen con alguna nimiedad los otros dos chavales.
Cada cual protegía y cuidaba lo que le interesaba más y, a parte del mancebo, ninguno de los otros tres iba a abandonar el campo sin arrimar a su ascua la sardina que constituía el objeto de su preferencia.
Y hasta Iñigo empezó a darse cuenta de lo que pasaba en la comitiva, menos el conde, que al ir en cabeza, dándole vueltas a los asuntos que le confiara su rey, no se enteraba de lo que estaba ocurriendo a su espalda.
Pero en la primera parada para hacer aguas y otras urgencias, Hassan se las ingenió para apartar a Ramiro del resto y aleccionó al chico sobre ciertos detalles y cuestiones que le interesaba conocer antes de meter la pata o pegarse un resbalón que podría costarle la rotura del cuello.
El eunuco le habló sin tapujos al muchacho y lo puso en antecedentes de cuanto se cocía en ese grupo de hermosos jóvenes que acompañaban al conde y le advirtió que se cuidase de propasarse con cualquiera y sobre todo con uno de ellos.
Y ese era precisamente el muchacho de ojos oscuros y largas pestañas que parecía haberlo encandilado nada más verlo.
El castrado le dijo que ese hermoso y joven esclavo era el mismo corazón del conde y por él el amo daría la vida o se la quitaría a quien pretendiese apartarlo de su lado, o simplemente rozarle un pelo sin su autorización.
Ramiro no podía entender que tal criatura fuese un pobre esclavo solamente y por tanto un ser indigno de tratar de igual a igual con un noble como él.
Pero, aún así, la atracción que el mancebo ejercía sobre él cegaba todo razonamiento que fuese contrario a relacionarse y pretender acariciar y desear follar con aquel muchacho.
Tampoco comprendía que si sólo era un siervo montase y vistiese como un caballero de la alta nobleza.
Pero a eso Hassan le respondió que su posición y estatus en la casa del conde eran tan altos como el del propio señor, puesto que tanto era amo como amante de su esclavo.
Y Guzmán, además de amado era un príncipe para el conde.
De ahí que llevase joyas y armas más valiosas que las de un rey y montase un corcel que hubiese envidiado un califa si lo viese.
Y el eunuco, muy serio y con voz solemne, todavía le dijo algo mucho más trascendente: “Y si queréis llegar vivo a Toledo no os la juguéis de ese modo con el conde... Tenéis a Rui para darle gusto a vuestra polla. Pues gozadlo cuanto os de la gana y no queráis perder esa verga prodigiosa que os dieron al nacer, porque si insistís en coger lo que no es vuestro, el conde se dará cuenta y os terminará capando de un solo tajo de su espada. Y una vez que seáis un castrado como yo, también os usará como hembra para joderos el culo”.

Y esas razones del eunuco parece que hicieron mella en el ánimo de Ramiro y volvió a reunirse con el grupo de chicos meditando muy serio cuanto acababa de escuchar.
El mozo, menos hablador que antes de la parada, no se separó del mancebo y cabalgaba medio cuerpo más a tras con los ojos fijos en el rítmico movimiento que hacía el culo de Guzmán al subir y bajar sobre la silla.
Y Sergo tampoco quiso apartarse de su amado compañero y no dejó que ni por un instante su caballo se retrase más de una cabeza de Siroco.
Al igual que Rui no se despistaba ni un palmo de las ancas del caballo que montaba Ramiro.
Iban como encadenados por el afán de no pederse de vista ni un minuto, por si en un recodo del camino o al entrar en un arboleda pudiese despistarse el primero y seguirlo quien no debía.
Los cascos de los nobles brutos levantaban polvo y tierra al golpearla y rascarla con las herraduras, pero a ninguno de los tres perseguidores del mancebo parecía importarle que le entrase en los ojos o en la boca al ir tan pegados a la cola de su corcel.
Y en esta etapa recorrieron un buen trecho sin parar para nada y las posaderas de todos se resentían con el golpeteo de tanto trotar, hasta que el conde se desvió de la ruta marcada para acercarse hasta unas pozas de agua limpia en las que podrían lavarse el cuerpo y sestear a la sombra de unos álamos.


Los chicos agradecieron aquello y se aprestaron a soltar a los caballos para que paciesen tranquilos mientras que ellos se liberaban de sus ropas y arreos guerreros para zambullirse en pelotas en unas aguas transparentes que les invitaban a refrescar y enjugar sus cuerpos pegajosos de sudor y polvo.
Y otra clase de polvo esperaban algunos después del baño y pegarse otro tipo de cabalgada antes de volver a montar los caballos.
Y en esas charcas el conde y sus hombres vieron por primera vez el cuerpo desnudo de Ramiro, ya que hasta ese momento sólo Rui sabía exactamente que tesoros ocultaban los ropajes del mozo.
Y también veían a Rui totalmente en cueros, dado que únicamente les enseñara el culo y los muslos, incluido el pito y los huevos.
Y si las nalgas de éste eran preciosas, las del Ramiro le ponían tiesa la polla a un muerto.

Menudo par de jamones que tenía el puto cabrón de ese mozo y que bien parido lo echara al mundo su madre!
Tenía abundante vello oscuro en el pecho y las extremidades, pero apenas se notaba en sus glúteos ni en la espalda.
Y para ver hasta donde seguía el reguero de pelos que partía por debajo de los cojones hasta el ano, sería preciso separarle bien sus apretadas nalgas y entonces comprobarían como jugaban al rededor del orificio intentando protegerlo de extraños e intrusos.
Pero lo que más sensación y pasmo causó fue la verga, maciza hasta en estado flácido, que duró poco así pues se empalmó nada más ver la hermosa desnudez de los otros chavales.
Y sobre todo la del mancebo, que lo dejó maravillado tanto por su perfección como por el tono de la piel de todo aquello que normalmente tapaba la vestimenta.

Nuño miró atentamente toda la espléndida anatomía de Ramiro y tuvo que concluir, sin decir ni un apalabra de encomio, que el mozo estaba tan bueno como una hogaza de pan caliente bien untada en mantequilla fresca de vaca y endulzada con miel de romero recién escurrida de un panal.
Y cualquier oso querría comérselo a pesar del vello que cubría en parte su cuerpo.
No dejó de reparar tampoco en el atractivo de Rui desnudo y moviéndose ágil para competir con los otros chavales dentro y fuera del agua.
Mas el nieto de Don Genaro resultó ser todo un hallazgo como ejemplar de joven macho ibérico.
Y por supuesto no sólo se lo pareció a él, sino también al resto de los muchachos.
E incluso Guzmán mostró una excitación en el pene algo más fuerte que de costumbre cuando veía en pelotas al resto de sus compañeros.
Un empalme así solamente lo conseguía el efecto morboso que le provocaba su amo y también, en cierta medida, el rubicundo Sergo, por cuanto le atraía su culo para darle verga y caña.
Pero tal rigidez y engorde de polla en el mancebo tenía que significar por fuerza que el macho que lo incitaba de ese modo estaba muy bueno y su virilidad lo dejaba casi indefenso ante sus músculos, su potente aspecto y su verga.
Menos mal que Guzmán era un tío con un carácter fuerte y que, en condiciones normales e incluso extremas, sabía y podía controlar tanto sus instintos como sus emociones.
Lo que le daba una gran seguridad a su amante respecto a la fidelidad del chaval en todos los aspectos.

Jugaron bastante y nadaron de un lado a otro de las pozas y procuraron limpiarse bien por todos los recovecos y rincones de sus cuerpos.
Y al final del ejercicio y el aseo, el conde ordenó que todos durmiesen algo antes de volver a partir, pero él, en lugar de conciliar unas cabezadas, se folló al mancebo delante de todos los demás, como queriendo dejar claro, por si aún había dudas en alguno, que ese joven esclavo era suyo y él disponía de su cuerpo y de su alma.


A Sergo se le caían los ojos viendo como el conde montaba brutalmente a Guzmán y tanto a Iñigo como a los demás les pingaba la pija muy erguida y rebosante de ganas por eyacular.
Y los dos nuevos, Rui y Ramiro, sentados con las piernas cruzadas, casi se mordían el glande de tanto que les creció el cipote y les engordó el capullo a los dos.
Pero hasta que el conde no terminó de darle por culo a su esclavo, vaciándose los dos al mismo tiempo, no permitió que los demás se apareasen también y dejasen los huevos libres de la tremenda presión que los atormentaba.

 Sergo, tumbado junto a Iñigo, se la clavó en el ano con tantas ganas como mala leche por no ser el culo del mancebo.
Y Rui recibió un terrible pollazo en el culo suministrado por Ramiro.
Los imesebelen cumplieron como de costumbre con los otros chicos y les dejaron el ano medio roto para que al volver a cabalgar recordasen mejor el polvo que les habían metido poco antes. Y todos quedaron tranquilos, aunque no contentos del todo, al menos un par de ellos.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Capítulo XV


Esa noche fue intensa para todos los muchachos, porque el conde gozó a sus tres esclavos como si no los viese ni tocase en varios meses de estricta abstinencia y los imesebelen también le dieron lo suyo a los otros dos chavales y a los eunucos.

Pero lo que llamó la atención de todos, fue ver la sonrisa de oreja a oreja y las patas escarranchadas de Rui, que daba la impresión que montase a caballo un mes entero sin descabalgar ni para mear. A simple vista se notaba que había pasado una noche tormentosa debajo de Ramiro o montado en la verga de ese chico, pues la dificultad con que andaba el chaval sólo podía deberse a tener el culo como el brocal de un pozo del que no paran de bombear agua.

Y, por su parte, la cara de Ramiro seguía tan radiante como si hubiese dormido plácidamente hasta que el sol en lo alto del cielo lo despertó dándole con la fuerza de sus rayos en sus ojos oscuros y luminosos como una noche profunda y estrellada.
Nadie diría que había roto un plato en su vida y, sin embargo, a tenor del aspecto y la alegría del otro chaval, le había reventado el ojo del culo de tanto follarlo esa noche.
Y en general, quizás a excepción del conde, más que nada porque de repente vio ante sus narices un serio competidor para romper anos, los presentes admitieron para sus adentros que Ramiro era todo un garañón que podría cubrir varias potras sin perder el resuello.
Y a más de uno empezó a caerle la baba por el pito y la boca, limpiando esta con disimulo para no quedar en evidencia el puto vicio que le corroía al muy jodido.

Y, a parte de Rui, la segregaban los dos napolitanos y el mismo Iñigo,que a pesar de estar saciado por su amo y por Sergo, todavía le quedaba lugar en su vientre para más leche.
Y es que cuando a un muchacho le aprieta los cojones el vicio, no hay quien pueda contener el derroche inconsciente de semen saliendo de sus pelotas ni el picor del ojete al presentir un cipote potente cerca de su culo.
Y ahora Nuño ya tenía claro que le gustaba a uno y a otro.
El nieto del marqués era un puto cabrón follador de otros machos y Rui una zorra tan promiscua y cachonda como cualquier puta de un burdel, que se salía de madre en cuanto tenía una verga apuntándole al ojo del culo. Y el problema se planteaba cuando se fuesen de Zamora y no estuviese Ramiro para llenarle la tripa de leche al joven Rui.
No habría otro remedio que ordenarle a los imesebelen que se lo pasasen por turnos para tranquilizar el apetito sexual del muchacho.
Pero eso ya se resolvería llegado el momento.

Lo que primaba, nada más desayunar, era partir de nuevo con rumbo a Salamanca para descansar dos días en el palacio episcopal.
Luego, según los planes del conde, irían a Avila, quedándose en esa ciudad un día más que en la anterior y en el palacio del conde Alerio, familia suya por parte de madre.
Y el siguiente salto sería hasta Toledo para albergarse en el mismo alcázar del rey, un antiguo palacio romano del siglo tercero, cuya restauración la iniciara su antepasado Don Alfonso el sexto y continuaba con ella el soberano para utilizarlo como palacio real para albergar su corte.
Aunque de todos modos, Nuño todavía no tenía claro si quedarse en este palacio o alojarse en el viejo castillo de San Servando a la otra orilla del Tajo y fuera de los muros de la ciudad.
Pero todavía quedaba mucho tiempo para decidir sobre tales detalles y ahora su preocupación se inclinaba más hacia cuestiones más privadas e importantes como era la tranquilidad y la paz sexual entre sus hombres, sin celos ni luchas por conseguir un polvo más o menos en detrimento de la ración que correspondiese a los otros chavales necesitados de rabo para sentirlo moverse en sus traseros.

Y nuevamente el marqués intervino en el último momento y esta vez sus palabras causaron una sensación muy distinta a las de la pasada noche.
Don Genaro le pidió al conde que dejase que el nieto suyo le acompañase hasta Toledo, puesto que el chico debía aprender más sobre el uso de las armas con el fin de llegar a ser uno de los caballeros más afamados del reino.
No se atrevía a abusar de la confianza de Nuño para rogarle que lo tomase a su servicio, aunque fuese solamente como escudero, pero que al menos pudiese viajar más seguro yendo en su comitiva, dado que el chico llevaba una carta dirigida al alcaide del castillo de San Servando, un buen amigo del padre del muchacho y yerno del marqués y un gran soldado y caballero, para que completase su educación y mejorase su destreza con la espada, la maza y la lanza.
Y quizás en eso necesitase lecciones, pero en cuanto a mover el estilete corto que le colgaba entre las piernas, aunque de un tamaño y un calibre considerable para tal instrumento y los fines que le eran propios, sobre todo al crecer y engordar endureciéndose convenientemente para penetrar cualquier orificio adecuado en otro cuerpo, femenino o mejor masculino, y dado lo visto, el chaval ya sabía utilizarlo bastante bien y hasta con maestría, sin necesidad que otro macho le mostrase como hacerlo mejor.

Entonces el conde convino en llevar consigo al nieto del marqués y el mozo apareció bien pertrechado para la marcha llevando de las riendas un bonito ejemplar de raza caballar, tan blanco y brioso que se confundía al moverse con la bruma de la mañana.
Ramiro montó y como por descuido se acercó al negro corcel del mancebo, que recibió esa aproximación con un relincho y un manoteo nervioso sobre las piedras del patio.
Acaso Siroco presentía algo que los humanos no llegaban a alcanzar con sus sentidos todavía?
Fuese lo que fuese el motivo que inquietó al caballo de Guzmán, éste lo tranquilizó palmoteando su cuello y diciéndole a la oreja que estuviese tranquilo que nadie ni nada incomodaría a ninguno de los dos.
Pero en eso se equivocaba el mancebo, pues el otro muchacho fijó su mirada en él, desnudándolo, y pareció prendarse de su rostro enigmático y algo misterioso.

Fue como si los ojos negros de Ramiro chocasen con fuerza contra la oscura noche encerrada en los de Guzmán y el resplandor de la luna cegase el fulgor de los astros que tintineaban en las pupilas de aquel viril mozo de cuerpo pletórico.
Al nieto del marqués le encandilaron las pestañas del príncipe esclavo y la calidez de su piel, tan suave como la del melocotón, que encerraba una carne que presintió tan jugosa como una ciruela invitándole a morderla.
Y tenía buen ojo el muchacho para catar a otros mozos, porque en su diagnóstico no erraba demasiado al referirse a las virtudes físicas del mancebo.
Pero también le sedujo su forma de mirar y esa chispa de inteligencia y sutileza que emanaba de Guzmán aunque no dijese nada y se limitase solamente en mirar y callar lo que estaba pensando sobre cuanto lo rodeaba.
Y por el momento el conde no advirtió ese peligro ni sospechó que Ramiro se quedase obnubilado al ver más de cerca a su amado.
Pero sí notó algo raro Sergo y se apresuró a meter su caballo por medio de los de ambos chavales, poniendo una barrera humana entre el mancebo y su nuevo admirador.

Y, lógicamente, Ramiro puso mala cara ante la impertinente osadía del intruso, que además ni le resultó simpático ni el otro hizo nada por parecérselo.
Más al contrario, Sergo lo miró de abajo arriba con suficiencia de gallito retador, como anunciándole que lucharía por conservar y defender su cuota de gozo y amor con su bello y amado compañero de esclavitud.
Y por si eran pocos, también se unió a trío el mosqueado Rui, que se olió que perdía al fogoso machacante que la suerte había metido un su cama esa noche.


 Qué cinco polvos en todas las posturas le había metido el muy cabrón hasta reventarle el ojo del culo.
Con qué gusto se la mamó a ese cabrito antes y después de cada follada y cómo respondía a tales estímulos el trozo de carne dura y gorda que palpitaba erguida antes sus ojos.
Tanto el jardinero de las monjas como el capataz de Epifanio, bastante más mayores que Ramiro, eran dos putos y burdos aprendices comparados con este joven atleta del sexo que tuvo el placer que lo jodiese casi toda la noche.
Y si de algo estaba seguro Rui, es de que si era necesario mataría por conservar esa fuente inagotable de leche para su estómago y su tripa y volver a sentir el roce brusco y constante de aquella verga en su ojo del culo.
No podía olvidar las fuertes embestidas ni las clavadas que le metiera Ramiro, ni mucho menos la cantidad de semen con que estallara esa polla al tener el orgasmo.
No paró de babear por el pito y, a pesar de ello, se corrió como un cerdo varias veces.
Ramiro supo calarlo y tratarlo como se merecía.
Como una despreciable puta perra hambrienta de macho.
Pues sí que se estaban complicando las cosas en la cuadrilla del conde feroz. Las dos nuevas adquisiciones no le iban a traer más que problemas y rompederos de cabeza que en esos momentos no necesitaba para nada.
Y menos de índole amorosa y sexual entre sus muchachos.
Qué tenían contra él los hados que no le dejaban en paz ni un momento, ni respetaban el amor singular que alimentaba en su corazón.
En realidad el conde sólo quería vivir feliz y disfrutar de los tres muchachos que tenía por esclavos, sin olvidar que su único amor verdadero era su precioso mancebo, al que amaba más que a su vida.
Y, sin embargo, la fuerza del destino se empeñaba en poner en su camino otros jóvenes hermosos que llamaban su atención y reclamaban su parte en el festín de sexo que el cuerpo de Nuño siempre estaba dispuesto a dar generosamente, sin regatearle nada a ninguno de esos fogosos muchachos que le ofrecían sus cuerpos para su gozo y disfrute.

Menos mal que todavía era muy joven y sus fuerzas, lejos de estar mermadas, se acrecentaban día a día con cada ración de sexo que les daba a esos magníficos chicos.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Capítulo XIV

En Zamora descansaron una jornada en el amplio palacio del marqués de Olmos, Don Genaro, viejo amigo de la familia de Nuño, que solamente había tenido tres hijas de dos matrimonios y todas ellas vivían lejos del padre al casarlas con nobles señores de otros reinos.
La casona estaba cerca de la iglesia de Santa María de la Horta, casa matriz de los Caballeros Hospitalarios, cuya factura románica pasmó a los muchachos por su belleza.
El prior de dicha orden, fray Augusto, acompañado por dos caballeros jóvenes, pasó a saludar y rendir homenaje al noble conde e ilustre huésped del marqués y Nuño no quiso que estos viesen a ninguno de sus muchachos, por lo que les ordenó encerrarse en los aposentos que les habían preparado para ellos por mandato de Don Genaro.

Al parecer ese jefe de los Hospitalarios, que por otra parte eran bravos guerreros cuyas gestas en tierra santa eran cantadas por toda la cristiandad, gustaba bastante de sobar y calcársela bien a fondo en los culos de sus acólitos más jóvenes.
Y eso, aunque no fuese cierto, pues a Nuño ni le constaba tal hecho y sólo había escuchado rumores y habladurías, posiblemente de gentes mal intencionadas y enemigas de dicha orden, era sobrado motivo para prevenir antes que lamentar cualquier desliz del monje soldado.
Y la verdad era que los chicos que lo acompañaban estaban tan buenos y apetitosos como el pan tierno y recién hecho untado con miel.
Qué hombre mejor que el conde para comprender tales aficiones y debilidades carnales en un aguerrido soldado dispuesto siempre a jugarse el pellejo en bien de su soberano ya fuese un papa o un rey solamente.
Pero esa comprensión no era suficiente como para exponer a esos ojos lascivos y viciosos las notorias prendas de sus esclavos.
Estuvo a punto de mostrarle a Rui, pero si el chico se librara de monjas no era justo dejarlo ahora en las manos de unos monjes aunque fuesen también soldados.
Y seguramente ellos sabrían darle un buen uso a las naturales aptitudes del chico, pero al conde le dio pena deshacerse de él tan pronto y no llegar a comprobar hasta donde pudiera dar de sí ese muchacho.

Sabía que a Guzmán no le caía muy bien.
O mejor dicho, no le entraba por le ojo derecho dada la forma de ser que el mancebo se formara en su cabeza acerca del dichoso zagal.
Pero eso no bastaba para dar por buena la opinión de Guzmán, por muy sagaz y observador que fuese, y era menester darle un margen de confianza al chico para que mostrase su naturaleza desnuda.
Y a decir verdad, no escatimaba oportunidad de enseñar cuando menos el culo, pues ya se lo habían visto todos los hombres en alguna parada durante el camino hasta Zamora.
Y si el conde quería ser sincero consigo mismo, habría de admitir que lo tenía precioso y muy recio el puto Rui.


Los Caballeros Hospitalarios hicieron honor al nombre de su orden y estuvieron muy atentos y agradables con el conde, sobre todo el prior, que Nuño juraría que le intentó tirar los tejos, dado que al conde todavía le faltaban unos años para cumplir los treinta y podía considerarse un veinteañero de muy buen ver y demasiado atractivo para que otro hombre que gustase de solazarse con uno de su mismo género no reparase en él y se fijase en su bien plantada masculinidad.
Pero Nuño, si tuviese que elegir a alguno de aquellos tres monjes guerreros, no elegiría al jefe, que ya era un tío maduro de más de cuarenta y no era su tipo de hombre, sino a cualquiera de los dos jóvenes que lo acompañaban, que eran bastante guapitos y le daba la impresión que bajo el hábito guardaban detrás un par de culos muy hermosos.

Aunque también es verdad que lo último que deseaba el conde era complicarse con monjes, por muy estupendos que estuviesen de cuerpo o fuesen buenos soldados.
Y eso incluía a toda destreza, tanto con la armas de hierro como las carnales, más peligrosas y ardientes que las primeras.
Y después de la cena se le presentó a Nuño otro problema por resolver.
Con quién dormiría Rui esa noche y las venideras.
Con los eunucos imposible, puesto que sus amantes africanos se los cepillaban todas las noches y no era cuestión de meterles un mirón por medio.
O lo que sería peor, un joven salido que babease al ver como se follaban a los dos castrados.
Podría ser con los napolitanos, pero a Nuño le pegaba que sexualmente buscarían lo mismo los tres y, además, también estaban los otros imesebelen que se despachaban a gusto a esa pareja.
Desde luego Bruno y Casio también podían compartir a los cuatro machos negros con este otro chaval, pero el carácter impulsivo y extrovertido de los muchachos napolitanos no aconsejaba mezclar a Rui con ellos para disputarles unos polvos.
Era posible disponer de un cuarto para que el chico durmiese solo esa noche en el palacio del marqués, mas al conde esa solución le gustaba poco, ya que daba la impresión que lo apartaba del grupo dejándolo al margen de una convivencia en familia.
Pero meterlo en su cuarto con sus esclavos, tampoco le satisfacía por el momento.
Así que tenía que buscar un acompañante adecuado para ese chaval, que no le complicase en exceso las cosas.
Y lo único que se le ocurrió como menos malo fue que el mancebo durmiese con Rui.
Eso le suponía un sacrificio, puesto que le privaba de tener en la cama a su esclavo, pero estaba seguro que Guzmán sabría capear la cuestión si el otro se le ponía cariñoso en exceso y pretendía practicar sexo con él.

Al decírselo al mancebo, al chico le pareció otro castigo mucho peor que la más dura de las palizas con látigo o fusta claveteada de hierro para despellejarle mejor el culo, pero no dijo nada y hasta evitó que su cara reflejase su incomodo y la desesperación a la que lo sometía su amo, sin alcanzar a entender que motivos tenía para ser tan duro con él y privarlo de su verga esa noche.
Volvió a pensar que era a causa de su buena relación con Sergo, pero simplemente miró melancólico a su señor y respondió con un lacónico: “Sí, amo. Será como tú deseas... Y si me lo ordenas averiguaré cual es la tendencia sexual de ese muchacho”.
“Hazlo”, dijo el conde restándole importancia al sacrificio de su esclavo.
Y quizás eso es lo que quería Nuño, puesto que si lo averiguaba el mancebo no corría peligro de que el chaval le gustase tanto como para encelarse con él como le ocurriera con Sergo.
Y podía confiar en Guzmán, pues estaba seguro de su amor ciego y sin reservas ni riesgo de llegar a amar a otro de la misma manera e intensidad que a él.
Y ya iba el mancebo camino de otra alcoba con Rui, cuando el marqués apareció en escena acompañado de otro joven muy masculino y hermoso, que según dijo era su nieto mayor, Ramiro, que acababa de llegar a Zamora de improviso.


Tenía el cabello negro, lacio y brillante como la hulla, a juego con los ojos grandes y vivos, y sus hombros, nalgas y espalda eran tan fuertes como los lomos de una caballo de tiro.
Por las mangas de una túnica corta, se le veían los musculosos antebrazos velludos, al igual que las piernas y pantorrillas que lucía al aire desde las rodillas.
Rondaba los veinte como el mancebo, pero la sombra de la barba tupida y oscura le daba un aire de más edad.
Y Don Genaro sugería que ante la falta de alcobas para todos, su nieto la compartiese con esos dos muchachos, ya que entre jóvenes se entenderían bien para pasar una noche compartiendo la misma cama.
Y eso sí que no estaba previsto en los planes del conde.

Valía que fuese con Rui, que no tenía pinta de ser muy macho y seguramente le pusiese el culo para que lo jodiese el mancebo.
Pero con ese otro macharrán ni de coña!
El mancebo no se metería en la misma cama con Ramiro, porque Nuño no quería tener que capar al nieto del marqués para que no peligrase el culo de su amado al ser violado por la potente verga que quiso imaginar entre las piernas de un hombre tan viril y morboso como Ramiro.
Ya lo veía clavársela hasta los cojones aprovechando el sueño profundo del mancebo, fruto del cansancio de todo el día de ir y venir visitando templos y calles llenas de un animado bullicio de gentes de toda ralea.
Desde luego que no sabía si al chaval le iba morrearse y follar con otro tío, pero por si acaso era mejor no tentar tanto a la suerte.
Y el conde salió al paso de la propuesta del marqués diciendo, sin dar opción a controversias ni otros soluciones intermedias, que Rui pasase la noche con Ramiro y Guzmán se arreglaría en un rincón de su habitación y dormiría en el suelo con otro de sus pajes.

Y si fuese preciso, incluso estaría dispuesto a hacerle un sitio en la cama junto a Iñigo o Sergo antes que durmiera incómodo y apretado con los otros dos chavales.
Qué manera más descarada de disfrazar la realidad de sus temores y de disimular sus intenciones ante el marqués, ya que ninguno de los tres esclavos sufrirían la incomodidad de un suelo frío y duro, sino el confort de un lecho blando y el calor de unos cuerpos cálidos y llenos de ansiedad sexual.


Y si Ramiro se destapaba como un semental y le dejaba el ojete en carne viva a Rui, pues ya sabría el conde a que carta jugar con ese muchacho criado por las Dominicas Dueñas.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Capítulo XIII



Casi no había cantado el gallo y ya se oía la voz de la activa madre Asunción en toda la casa, coreada por la de Epifanio y Rogelia, puesto que a las otras monjas no les daba tiempo de abrir la boca y todo lo decía la priora.
Nuño abrió los ojos y con lo primero que topó fue con la nariz del mancebo pegada a su boca y le entraron ganas de mordérsela para despertarlo o que se diese la vuelta y follarlo más fácilmente.
Pero no lo hizo porque del otro lado tenía a Iñigo de espaldas y de repente su culito le llamó más la atención para darle los buenos días restregándole la tripa por dentro.
Y eso fue lo que hizo Nuño nada más despertar esa mañana, escuchando a la madre Asunción que no paraba de ordenarlo todo en una casa que le era ajena.
Cómo debía ser en el convento la dichosa monja, pensaba Nuño mientras gozaba del culo de Iñigo.
Y en eso también amaneció el mancebo, porque Sergo le presionaba el ojete con la verga y ya se la estaba metiendo sin que Guzmán hiciese nada ni para evitarlo ni para facilitarle más la penetración.
Pero en cuestión de segundos Sergo ya tenía enculado al otro esclavo y se la calcaba hasta el fondo para que sintiese mejor toda la carne dura y cachonda que le estaba dando por culo.
Pero ninguno eyacularía todavía, pues entre Sergo y el mancebo se cambiarían las tornas y sería el segundo quien se la clavase al primero para hacerle gozar por el culo lo mismo que antes disfrutase por la polla.
Y el conde se la sacaría a Iñigo, para que a éste lo ensartase Sergo, y él se la endiñaría a Guzmán que se follaba a este otro mozo.


Y, el que más y el que menos, se levantaría de la cama con las tripas llenas y los testículos secos y todos renovados de energía para llegar con bríos a Zamora y poder escuchar resignados las peroratas de sor Asunción, que presumiblemente no dejaría de hablar en todo el camino.

Pero de entrada tuvieron que vérselas con ella y las otras monjas que se disputaban el suculento desayuno que Rogelia mandó preparar para sus invitados, pero que si no llegan a darse prisa, el conde y sus hombres sólo se comen las sobras.
Que saque tenían aquellas buenas mujeres y lo gracioso es que a las otras aún se les veía el provecho de lo que metían por la boca, pero la priora mantenía un tipo esbelto que ya lo quisieran muchas damas refinadas de la corte, atildadas en exceso y pasando hambre para no ponerse como vulgares vacas lecheras.
Quizás la priora consumía todo con su energía vital y sus dotes para dirigir no sólo conventos sino ejércitos enteros.
A todos les tenía la cabeza hecha un bombo con tanto rezo matutino y tanta perorata y se vieron aliviados al salir al patio de la casa para emprender la marcha de nuevo.
Y ahí les aguardaba algo imprevisto.
Los mozos y criados de la casa tenían todas las monturas ensilladas y preparadas para el viaje, pero faltaba el caballo del conde.

Guzmán se alarmó al no ver a Brisa con los otros pura sangre y cual no sería su asombro al ver aparecer por el portalón de las cuadras a un zagal que llevaba por las riendas al corcel de su amo.


En cualquier otro caso no se le hubiese ocurrido, pero algo le impulsó a ir hacia el chico y quitarle las bridas de la mano, diciéndole: “Suéltalas. Yo mismo sujetaré el caballo para que monte mi señor”.
Pero Nuño le ordenó que devolviese al mozo.
Guzmán ni pestañeó y dejó que el chico se acercase con la montura hasta donde estaba el conde.
El chaval muy ufano se detuvo ante el caballero y todos vieron como le sonreía al conde de una manera bastante significativa.
Y el noble señor no sólo le devolvió la sonrisa, sino que le dijo: “Gracias, muchacho... Lo has cepillado y ensillado tú?”
Y el zagal, sin el menor rubor ni signo de timidez al estar ante un noble tan poderoso, respondió: “Sí, mi señor. Le di brillo a su pelaje para que reluciese a tono con la fama y el honor del gran guerrero que lo monta. Y espero haberos complacido, mi señor”.
“Cómo te llamas, muchacho?” preguntó el conde.
“Rui, para serviros en lo que deseéis mandar, mi señor”.
“Te das buen aire con los caballos. Y puede que también sepas como atender al jinete para que monte como es debido... Serías un buen palafrenero. Estoy seguro”, le dijo el conde.
Y de manera impulsiva, Nuño le alborotó el pelo al zagal con un gesto afable y luego le recompensó su servicio sacando de una pequeña bolsa colgada del cinto un par de monedas de plata.
Pero aquel muchacho ni buscaba ni le valía la plata ni cualquier otro metal para pagarle algo e hincó la rodilla derecha en tierra, suplicándole al conde que lo admitiese a su servicio para lo que tuviese a bien ordenarle o utilizarlo en su beneficio.
Y en las caras de todos los presentes se reflejó una mueca de una intensa atención, aunque en la del mancebo ese gesto era más bien de duda y preocupación por lo que pudiera desatar en su amo aquel personajillo que mostraba tanta humildad e interés por serle útil.
Como si un fogonazo iluminase sus ojos, Guzmán vio de repente bajo los pobres trapos que cubrían al chico un cuerpo armonioso y bien desarrollado que mostraba claramente el atractivo de un joven fuerte y cargado de ansias de vivir.
Y también se dio cuenta que su rostro era hermoso y en los ojos pardos hervía el fuego de una sangre caliente que alimentaba un fogoso temperamento ya fuese para el placer o para saciar cualquier otra ambición.
Y el alma del mancebo gritó en silencio: “Por qué han de atravesarse en el camino de mi amante tanto macho apetecible... Joder! Es que aún no tiene claro el cielo que este hombre será mío para siempre!”
Pero enseguida ocultó sus recelos camuflándolos en una sonrisa de circunstancias que borró la menor muestra de celos de su cara, pero no de su mirada.
Pero por qué sentía celos el mancebo por este muchacho, cuando no los sintiera por ninguno de los anteriores.
E incluso él también sentía predilección especial por Sergo y su amo no se celaba de ello, al menos aparentemente.
Aunque de pronto recordó el cautiverio de sus pollas al ausentarse el conde para ir a la corte.
La mente o el corazón a veces no dan razones para sentir de una manera determinada, puesto que ni uno mismo sabe los motivos por los que se inquieta y se desasosiega el espíritu.
Querría castigarlo más por eso?, se preguntó Guzmán.
Y Nuño, que conocía muy bien a su amado, notó lo que pasaba por su cabeza y se limitó a mirarlo advirtiéndole que eso le costaría una zurra en cuanto se librasen de las monjas.

Pero no terminaban ahí las sorpresas.
Sin que nadie lo esperase, Sor Asunción se acercó al zagal y dirigiéndose al conde le dijo: “Señor, el proceder de este muchacho no es repentino ni improvisado, pues yo fui quien le aconsejó esta mañana que os pidiera entrar a vuestro servicio. Este chico fue criado en nuestro convento y al alcanzar la plena adolescencia consideré que debería conocer los placeres y amarguras del mundo, estando con hombres y mujeres y no entre monjas apartadas en cierto modo de todo ese ajetreo. Y se lo entregué a Epifanio, este buen hombre que nos ha dado cobijo, para que le enseñase todo aquello en lo que nosotras no podíamos educarlo. Pero es listo y tiene ganas de aprender y los límites de esta granja son demasiado estrechos para su afán de conocer y saber más de la vida. Os ruego, noble conde, que lo aceptéis a vuestro servicio, porque a vuestro lado podrá madurar y aprender y ver grandes cosas. Os lo entrego y confío, porque sé que no os defraudará en nada. Sólo hay que verlo para comprender que se trata de un muchacho que merece una atención esmerada en todos los aspectos de su persona”.

Y después de hablar la reverenda, qué otra cosa podía hacer el conde que decirle al chico que lo siguiera.
Pero y en qué iría montado si todo su séquito llevaba buenos caballos.
Y ese problema lo solucionó el generoso Epifanio regalándole al chaval uno de los mejores corceles de sus cuadras.
Lo que tenía no era más que lo puesto y por eso su equipaje era más que ligero ya que consistía en la más absoluta nada.
Y todos montaron y el conde dio la señal para iniciar la marcha seguidos por las monjas y sus mulas.
Guzmán no quiso acercarse a su amo y se colocó detrás de Iñigo y al lado de Sergo, cerrándole el paso a Rui para que no alcanzase la cabeza de la comitiva y osase cabalgar junto al conde.
Estaba convencido que ese chaval era tan atrevido como para hacerlo y hasta dirigirle la palabra a un noble señor sin que éste se lo requiriese antes.
Y quizás no se equivocase en eso, puesto que el chico no tenía modales ni estaba acostumbrado a tratar con la nobleza ni con otras gentes que no fuesen monjas o campesinos.
Y con las primeras poco tenía que decirles el muchacho, así que mientras vivió en el convento sólo le dirigía la palabra a la madre priora, a la cocinera y sus pinches, al capellán del convento y a un jardinero joven que le enseñó algo más que rezar.
Y ese fuera su universo hasta que desde hacía dos años llegara a la casa de Epifanio.
Y allí supo algo más sobre la vida de los hombres y las mujeres y conoció alguna experiencia nueva y amplió otras que ya aprendiera en el convento.


Ciertamente el zagal tenía inquietudes por desarrollarse en todos los sentidos y no desperdiciaba cualquier ocasión de hacerlo.
E iba contento y feliz montado en aquel caballo que siempre le gustara, convencido que conseguiría todo cuanto se propusiese tener y disfrutar.
Y puede que la prevención del mancebo hacia él estuviese justificada, después de todo.

martes, 13 de noviembre de 2012

Capítulo XII



Nuño reclamó silencio al acercase más a la entrada de la cueva y hasta ellos llegaban con mayor claridad los gritos y lamentos que se mezclaban con exabruptos groseros y feroces voces de hombres borrachos.
Curiosamente el grito que oyeran antes jurarían que era de un hombre ya hecho y, sin embargo, ahora además de tíos vociferando también escuchaban con fuerza una voz femenina, pero autoritaria.
Aquello intrigó al conde y se adelantó a los otros para ver que coño pasaba dentro de la puta cueva.
Se ocultó tras un resalido de la piedra y vio perfectamente la escena, que más que sorprenderle le pareció cómica sino fuera por la tragedia que implicaba lo que sin lugar a dudas era el secuestro de unas monjas a cargo de unos desalmados con la clara intención de violarlas más que de robar lo que pudieran llevar encima y que probablemente no valiese ni el peso de una moneda de cobre.
Los cabrones malnacidos eran los que proferían vituperios contra una de las monjas, que los increpaba con voz severa, y el que gritara como una bestia herida debía ser otro de ellos que, tirado en el suelo, sangraba por la boca como un cerdo en día de matanza.

Con tanto ruido ni se entendían ellos ni hubiesen oído entrar al conde y los suyos aunque redoblasen tambores para anunciarse.
Y Nuño dio la orden de ataque y como seis trombas hicieron su aparición en escena los imesebelen, cimitarra en mano y sajando carne como matarifes, seguidos del conde y los valientes muchachos que formaban su particular tropa.
Se desencadenó una lucha sin cuartel y aquellos forajidos medio borrachos y encolerizados con una de las monjas, que muy altiva se limpiaba con la manga los restos de sangre que aún tenía en su boca, no fueron enemigos destacados como para narrar una gesta, puesto que no resistieron el primer asalto, cayendo muertos tanto por las heridas como por el miedo que le produjo ver a tan fieros guerreros como salidos de la tierra.


La escaramuza terminó pronto ante la falta de resistencia y el conde quiso saber que diablos había pasado en esa gruta y cual era el motivo de los insultos y gritos que habían oído al acercarse.
Y la cosa era bien sencilla.
El jefe de aquellos estúpidos ladrones de tres al cuarto quiso ventilarse a la monja más joven, que además era la priora de las otras cuatro que estaban con ella.
Y en cuanto el puto idiota intentó besarla en la boca, ella le metió un muerdo que le arrancó medio labio.
Y por eso chillaba como un cochino moribundo aquel cabrito y sus secuaces ponían de vuelta y media a la sor llamándole de todo menos bonita.
Y la verdad es que era guapa la reverenda y por sus gestos y ademanes se notaba que procedía de familia noble y rica.
Las otras cuatro ya estaban metidas en años y en carnes, sobre todo, pero seguramente también hubieran corrido idéntica suerte que la más joven, de no ser ésta tan farruca y agresiva a la hora de defender su integridad sexual.
La madre Asunción, que así se llamaba la monja, le contó al conde cuanto les había pasado y como esos rufianes, que ya eran cosa del pasado y estarían en el infierno, según ella, las habían asaltado y llevado a la cueva en principio con la intención de pedir rescate por ellas, pero el más gallito de todos, que eran trece, muy mal número para una banda de delincuentes, quiso catarla al verla joven y todavía hermosa y ella le mordió en la boca al pretender besársela.
Y el resto ya lo conocía su salvador.

Nuño investigó más sobre ellas y supo que se dirigían a un convento de su orden en la ciudad de Zamora, con el fin de llevar al convento unos valiosos cálices de oro y plata y también una custodia para la catedral de esa ciudad.
En realidad los hijos de puta que intentaron secuestrarlas no llegaron a descubrir el cargamento tan valioso que portaban las indefensas monjas.
 Estaba oculto en el interior de los fardos que colgaban del par de mulas que llevaban y los muy cretinos debieron pensar que sólo se trataba de algo comestible o cualquier otra cosa de poco valor para molestarse en rajarlos y comprobar su contenido, ya que la avispada madre les dijo que sólo llevaban en ellos algunas ropas y algo de harina y manojos de hierbas medicinales para curar a los enfermos que iban al convento en busca de remedios para sus dolencias.
Y ellos se lo creyeron y al jefe le cegó la lujuria y quiso pasarse de rosca con la enérgica monjita que le dejó sin medio labio.

El conde se ofreció a escoltarlas hasta su destino, que era el convento de Santa María la Real de las Dueñas de la Orden de Predicadores, ya que pertenecían a la regla de las Dominicas Dueñas, y ya se disponían a reanudar la marcha cuando se percataron que la oscuridad de la noche dificultaba totalmente el viaje.
No les quedaba más remedio que pasar la noche en la gruta en compañía de las monjas y eso sí que imposibilitaba cualquier intento de regodeo sexual o meros toqueteos y besos entre los hombres que las había liberado de sus captores.
Y lo primero que se imponía era limpiar aquello de restos humanos para evitar olores desagradables a sangre seca y carne muerta.
Pero cuando el conde y sus chicos ya se veían privados de otros placeres que no fuese dormir sin rozarse entre ellos, la reverenda madre dijo que no era necesario pasar la noche en un lugar tan lúgubre y desabrido, ni merecía la pena darle sepultura a tales despojos, que no eran más que carroña para alimento de alimañas, ya que a poco trecho de allí estaba la casa de un rico campesino, conocido de la monja, que no dudaría en darles cobijo a todos para descansar con más comodidad y amanecer sin dolores de huesos ni ateridos de frío.
El conde emitió un suspiro de alivio y enseguida se aprestaron a acompañar a las monjas hacia la casa de ese hombre acomodado que sería su anfitrión por una noche al menos.

Durante el camino, Nuño marchó junto a Sor Asunción y charlaron de muchas cosas en ese tiempo.
Pero lo que más sorprendió al caballero fue el desparpajo de la monja para tratar asuntos mundanos e incluso en temas no imaginables en boca de una religiosa.
Y hasta consiguió dejarlo con la boca abierta al decirle que si le arreó el brutal mordisco al rufián que quería violarla, no fue tanto por virtud como por el simple hecho de que aquel individuo no le gustaba nada y olía peor que un cerdo.
Era un hombre desdentado y arrugado como un odre seco y ni amenazada de muerte hubiese transigido con un tipo así.
Y lo que ya lo dejó de una pieza, fue que la buena mujer añadiese que de tratarse de un mozo como él o cualquiera de los guapos guerreros que lo acompañaban, otro gallo hubiese cantado en la cueva y posiblemente no le hubiera costado sacrificarse por la seguridad de las hermanas que tenía a su cargo.
Como dijo la joven monja, a ella nadie le obligaba a hacer lo que no quisiese de buena gana.
“Vaya con la Sor!” pensó el conde.
Y creía que sus chicos sólo estaban en peligro entre monjes.
Pues a la madre Asunción seguramente la metieron a monja por conveniencia de familia sin reparar en que a la chica no le molaba en absoluto eso de pasar el resto de su vida sin darle una alegría al cuerpo.
Y Nuño casi estuvo a punto de decirle a la monja que si quería sacrificarse todavía por sus hermanas en religión, no tendría problema en dejar que lo hiciese con uno de los negrazos de su escolta, que eran moros y eso le daría un toque casi de martirio al acto.
Pero no lo hizo pensando en los eunucos y los dos napolitanos que buena cuenta darían de las reservas testiculares de los bravos soldados africanos.

Y con la entretenida charla a Nuño se le hizo muy corto el camino hasta la casa del hacendado que conocía la religiosa.
Y el dueño de la casa, Epifanio de nombre, y su mujer Rogelia, se desvivieron por acomodar en su casa a todos los inesperados huéspedes que entraron por su puerta esa noche sin previo aviso ni sin que esperasen una vista tan numerosa.
Pero la hacienda era grande y tenía habitaciones espaciosas para habilitar sitio donde acostarse en colchones de paja, además de utilizar las camas disponibles en los dormitorios, que sólo se usaban cuando venían sus hijos ya casados u otros familiares que solían visitarlos.
Lógicamente las monjas se arreglaron en una estancia amplia, en la que pusieron jergones en el suelo, por eso de la penitencia, y al conde le dejaron el mejor dormitorio por tratarse de un noble caballero, cuya alcurnia y nombre eran conocidos en todo el reino.
Pero él no quiso abusar de tanta generosidad y ordenó que tres de sus guerreros compartiesen con él la misma habitación y no eran necesarias más camas para que se acomodasen todos en la misma.
Aunque de todos modos y por si no entraban los cuatro en una sola, la dueña de la casa hizo poner un amplio colchón al lado del lecho para que no durmiesen tan apretados aquellos jóvenes soldados.


Mal sabía ella que cuanto más juntos, más contentos pasaban la noche esos chicos.
Y si estaban acoplados unos en otros todavía mejor.
Y esa noche también cenaron a costa de los amables anfitriones y no sólo los chavales comieron con ganas, ya que las monjas no se privaron de nada y se zamparon cuanto les pusieron delante en la mesa, sin darle mucho descanso tampoco al buen vino de la región.
El conde no supo como digirieron ellas la copiosa cena, pero él si la quemó al igual que sus chicos follando a calzón quitado antes de caer rendidos de sueño.
 Y los negros y sus putitos viciosos también.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Capítulo XI

Catorce jinetes salieron de la torre y trotaron tranquilos a través del bosque negro.
Iban encapuchados y con sendas capas largas que les cubrían sus ropas de guerra blasonadas con las armas del conde.
Porque hasta los eunucos llevaban cotas de malla para proteger sus pechos y espaldas y, sobre ellas, lucían un peto hasta la rodilla de color rojo con el escudo de armas del señor.
Lo que ellos no llevaban eran cascos, a diferencia de los otros muchachos que protegían también sus cabezas y caras con yelmos de hierro, que, además les ocultaban el rostro de tal modo que no podían ser reconocidos por quienes los viesen pasar.
Era un pequeño tributo que debían pagar para preservar la identidad del mancebo, a parte de servirles como defensa en caso de ataque, pero los chicos hubieran preferido ir destocados y dejar que el viento revolviese sus cabellos a su antojo.

Iñigo y Sergo iban delante jugueteando entre ellos con sus caballos y el conde, al lado del mancebo, los miraba tan alegres que se acercó a su esclavo y le dijo:”Guzmán, no son mucho más jóvenes que tú y, sin embargo, todavía parecen un par de críos... En Iñigo se comprende porque la vida le fue fácil desde que nació, pero Sergo debió pasarlo mal y con muchas penurias y en cambio al verlo se diría que siempre fue más feliz que ningún otro”.
El mancebo arrimó más su caballo al del conde y respondió: “Mi amo, es que lo fue. Sergo no necesita nada para ser feliz. Bueno, necesita sólo una cosa. Sentirse libre como un animal del bosque y hacer lo que él desea. Y si además sabe que alguien lo ama, entonces ya es plenamente dichoso. Y ahora tiene ambas cosas, porque se siente querido por nosotros y si está aquí es porque él quiere y desea pertenecer a tu familia. Date cuenta que es la primera vez que es parte de algo y que tiene a su lado otros seres a los que ama y considera en cierto modo como suyos”.
“Pero yo lo tengo por mi esclavo”, objetó el conde.
Y el mancebo replicó: “El te tiene por su amo para estar conmigo. Pero de todas maneras le gusta ser uno de tus siervos y le agradas tanto como él a ti. Y ya ves que Iñigo tampoco lo deja indiferente. No olvides que sangre corre por la venas de ese chico, pues tú mismo me has dicho que los vikingos son guerreros que no se rinden ni se pliegan a otra voluntad que no sea la suya. Y Sergo es un buen espécimen de esa raza de hombres luchadores. Y por eso nunca pudo vencerlo la adversidad ni nadie doblegará su cabeza si no es segando su vida”.
“Sabes qué... Me gusta ese puto cabrón y voy a convertirlo en un gran soldado.... Se le ve tan macho que atrae a cualquiera”, dijo el conde para rematar la conversación.

Se detuvieron al llegar al panteón, ya que a pesar de la hora tan temprana, Sol y Blanca acudieron allí para despedirse de todos ellos.

La joven condesa y su amiga les desearon suerte en su empresa, pero también recomendaron a Nuño que tuviese prudencia y cuidase de los chicos.
Guzmán besó con amor a Sol e Iñigo se despidió de su hermana Blanca, prometiéndole que no haría locuras y pondría los cinco sentidos en todo lo que hiciese.
Y las dos jóvenes vieron por primera vez a Sergo y a las dos les pareció un verdadero macho guapísimo y muy apetecible.
El chico se puso colorado ante tanto piropo, pero el mancebo le arreó una palmada en el culo diciéndole que la condesa ya sabía cuales eran sus puntos débiles.
Sergo, todavía más sonrojado le preguntó: “Es que le has contado algo a ella?”
 “Sí, Naturalmente. Ella lo sabe todo sobre nosotros y tenía muchas ganas de conocer al tío que me hacía perder el sueño por las noches en ausencia del amo. Ahora ya te conoce y no sólo le gustas un montón sino que entiende por que nos gustas tanto a nosotros... Hasta debajo de la capa se notan tus atributos de macho bravío”, contestó Guzmán riendo.
Y los dos chavales no tuvieron reparo en darse un morreo delante de las dos muchachas.

El conde montó de nuevo y dio la orden para partir.
Y salieron a galope tendido sin mirar atrás ni dar tiempo a la nostalgia que se apoderase de sus corazones por alejarse del bosque donde vivían la tranquila felicidad que su misteriosa fama les proporcionaba.
Ante ellos se abría un futuro incierto pero apasionante, pues cualquier atisbo de aventura hacía vibrar sus jóvenes almas y la ilusión de lo nuevo daba alas a su fantasía y avivaba aún más sus deseos de placer, desbordando sus pasiones.
 Nadie los perseguía, pero azuzaban los caballos como si les siguiera un ejército de demonios.
Y al caer la noche avistaron una ermita sobre una loma y allí decidió el conde pernoctar y dar descanso a las bestias y a sus hombres.
Tras la pequeña capilla había una casucha miserable y en ella habitaba un hombre ya anciano que dijo ser el cuidador del humilde templo.
El conde le pidió albergue por esa noche y el solitario eremita se complació en tener por huésped al caballero y su menguada grey.
No se extrañó ni de la juventud de todos ellos ni tampoco de la belleza de esos jóvenes guerreros, más al contrario alabó sus físicos y ensalzó la grandeza del ser hacedor de tales criaturas que alegran el espíritu con sólo verlas.
El anciano les cedió su casa y él se acomodó en la ermita para no molestar ni reducir el escaso espacio de que disponía la choza.
Todos estaban cansados de la cabalgada y Nuño les ordenó dormir sin juegos sexuales ni toqueteos previos para coger mejor el sueño.
El conde quiso respetar esa sencilla vivienda porque consideró que dejar en ella el olor del sexo de sus cuerpos viriles en plena efervescencia, perturbaría la paz del buen hombre que los acogió y compartiera con ellos lo poco que poseía para su sustento.
No cabía pagarle con oro su favor, pues para él eso no valía nada, así que a cambio de su amabilidad no dejaría en la cabaña el aroma de la vital juventud que aquel hombre ya apenas recordaba.
Pero en la primera parada para estirar las piernas y beber del agua fresca de un manantial, nada más reanudar la marcha con el amanecer, Nuño desmontó con prisa y le dijo al mancebo que lo acompañase tras unos arbustos.

El resto de los jóvenes descansaban, pero el amo se benefició a su amado esclavo porque le dolían los cojones de tenerlo pegado al cuerpo toda la noche y no darle por culo como le exigía su excitada verga.
Y por eso le rajó las calzas por detrás y se la calcó entera por el ojete sin desnudarlo ni molestarse en bajarle nada.
Ya le coserían el roto los eunucos cuando volviesen a detenerse para dormir, puesto que montado a caballo el chaval no cogería frío por el culo.
Pero al reunirse con los otros, enseguida sospecharon lo que habían estado haciendo con sólo ver la sonrisa y la cara de placidez del mancebo.
Al muy puto se le notaba mucho cuando le daban una alegría de ese tipo y a los demás se le empalmó el instrumento de inmediato.
Aquella jornada se les hizo muy larga a los muchachos, que entre la malla de hierro y el golpear los testículos sobre la silla de cuero, terminaron con los huevos escalfados y doloridos por la presión del semen acumulado a lo largo del día sin poder vaciarlos.

Pero esa noche tendrían que darse un respiro y el amo seguramente dejaría que follasen para relajar la tensión a punto de dispararse en todos ellos.
El problema estaba en dar con un lugar más apropiado que el de la noche anterior y tener más espacio y tranquilidad para dar rienda suelta a sus pasiones o simplemente dormir al relente y al fresco de tintinear de las estrellas.
Y sin que el amo se lo dijese, nada más comenzar a declinar el sol, todos iban oteando el horizonte para descubrir algún cenobio o castillo donde cobijarse hasta el día siguiente.
Pero no lo encontraron y ya oscurecido el cielo una luz llamó la atención del mancebo.
Alertó al conde y se dirigieron hasta ella con precaución y sigilo.
“Pardiez!”, exclamó el conde al darse cuenta que el resplandor salía de una gruta.
Y a simple vista tenía toda la pinta de ser una guarida de ladrones o gentes de mal vivir.
No le parecía seguro acercarse más a esa cueva, pero del interior salió un grito desgarrador.
Y Nuño ni lo pensó dos veces.
Quien quiera que fuera el ser que lanzó ese quejido de angustia y dolor necesitaba auxilio inmediato y él no iba a negárselo, aún a riego de su vida, puesto que no en vano era caballero.
Y en voz baja previno a sus hombres y todos descabalgaron dirigiéndose a la gruta con las armas en la mano y sin hacer el menor ruido.
Seguramente antes de poder dormir, iban a estirar los músculos ejercitándolos un buen rato y posiblemente mancharían de sangre sus armas.
Y eso no excluía a ninguno, pues todos iban bien armados y hasta los eunucos estaban pertrechados con las afiladas garras que el mancebo había mandado hacer para ellos.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Capítulo X

Fueron siete días duros por cuanto no podían dar libertad a su sexualidad plenamente, pero supieron confortarse y mantenerse unidos y mostrarse una comprensión y un afecto muy superior al que antes se tenían.
Se acariciaban suavemente y se miraban con ternura hasta quedarse dormidos en la misma cama, abrazados hasta el amanecer.
Hassan y Abdul los despertaban para atenderlos en su aseo y comprobaban con júbilo que ambos muchachos despertaban contentos y hasta parecían olvidarse que tenía un par de pollas que antes de estar presas amanecían tiesas y duras como rocas.
Y hasta se diría que Sergo era incluso más feliz y sus labios sonreían por todo y indudablemente se le notaba mucho más tranquilo que estando el amo con ellos.
Sin embargo, y a pesar de estar a gusto con el otro chico, el mancebo añoraba al conde en silencio.
No quería darle a entender eso a Sergo, pero Hassan, que lo conocía mejor que nadie, se daba cuenta del punto de melancolía que ocultaba su príncipe.

Y pasaron una a una esas jornadas que cada vez parecían más largas, por más que agotasen sus fuerzas en ejercicios físicos extenuantes, y antes de terminar la tarde, mientras descansaban en un pequeño jardín de la torre, oyeron a sus espaldas la voz del conde.
Venía vestido con media armadura y acompañado por Iñigo, que también llevaba cota de malla.
Y los dos chicos corrieron a besar al amo, sabiendo que con él llegaba también la liberación de sus penes.
Y Nuño los abrazó y besó y les dijo: “Venid. Dejad que me siente en ese banco y veré como andan esas dos pollitas enjauladas. Espero que los huevos estén llenos y vea como brota la leche en mis manos. Primero tú, Sergo... Ya puedes sacártelo... Y te tocó el turno a ti, Guzmán”.
Y tan pronto como salieron los dos pollas de la jaula se empalmaron y crecieron en libertad.
Y el amo les ordenó apoyar las manos en el banco y tal y como estaban doblados hacia adelante, les rasgó las calzas por detrás y se los folló a los dos, que se corrieron en la mano del amo al poco de clavarles la verga en el culo.

Y vaya si tenían semen acumulado en los cojones!
Después los puso de rodillas y repartió su leche entre las bocas de los dos chicos.
Y, al terminar de eyacular y sacudirse la verga, el conde les dijo: “Quiero que preparéis lo imprescindible para ir de viaje. Saldremos mañana al amanecer y nos acompañarán los eunucos, los dos sicilianos y los imesebelen. Ahora a lavarse para la cena y después ya se verá si hay otra ración antes de dormir. Iñigo, cuéntales donde iremos, que yo he de preparar unas cosas antes de sentarme a la mesa”.

Y los tres chavales fueron a asearse y ponerse otras ropas para esperar al amo en la sala principal de la torre.
Los dos muchachos estaban nerviosos y ansiosos por saber cual era el destino de ese viaje inesperado e Iñigo solamente les pudo anticipar, pues no sabía gran cosa sobre el asunto y objetivo de esa expedición, que irían hacia el sur en dirección a Toledo.


Esa ciudad era el primer destino del viaje y les oyera decir al rey y al conde que el motivo tenía algo que ver con la Escuela de Traductores.
Pero más tarde seguirían camino hacia Sevilla e incluso llegarían a la punta del estrecho, frente a la costa africana.
Al parecer el conde algo tenía que hacer en una plaza fuerte llamada Tarifa.
Y, por lo que le dijo luego el amo, le pareció entender que se trataba de alguna misión diplomática con un reino del otro lado del mar.

Y Guzmán pensó en voz alta: “Tendremos que vérnoslas con gentes de mi otra sangre, entonces. Por si acaso le diré a Hassan que lleve mis adornos de gala como príncipe almohade. Nunca se sabe si será necesario hacer valer esa condición en algún momento para salvar el pellejo”.
En las mentes de los chicos ya se montaban cábalas y quimeras, ideando aventuras emocionantes, y esos sueños delataban que ya estaban en ascuas esperando acontecimientos cuando el amo se reunió con ellos para cenar.
Y al tener a su lado al mancebo, el amo le explicó mejor todo lo referente a la nueva expedición que emprenderían al día siguiente.
Guzmán era un esclavo, pero su condición y la consideración que el amo tenía hacia él eran muy distinta a la de los otros esclavos, puesto que éste gozaba de su total confianza además del amor absoluto de su corazón.
Sin olvidar nunca que era un vástago de más de una casa real.

El mancebo escuchó cuanto le contaba el conde y se hizo la composición de lugar de la trascendencia y riesgos del nuevo periplo.
Y Nuño no tenía que advertirle que no revelase nada a cualquier otra persona, fuese o no importante mantener algún secreto al respecto, pues conocía de sobra la discreción y sentido de la responsabilidad del mancebo.
Por su parte, los otros dos chavales estaban entretenidos en contarse cosas y charlar entre ellos y no prestaron atención a lo que hablaban el amo y Guzmán.
Iñigo ya suponía que eran cosas entre ellos y ni intentaba poner la oreja para pescar algo de lo que decían.
Y también sabía que si debía conocer algunos detalles concretos el amo se lo explicaría para que estuviese al corriente de la situación.
Y el conde le decía al mancebo que debían ir a Toledo para resolver unos asuntos con el joven infante Don Sancho, Administrador del arzobispado primado y hermano del rey.
Y, en consecuencia, tío del mancebo también, aunque solamente superase su edad en más de dos años, puesto que tenía veintitrés.
Eso ponía algo difícil la encomienda real, pero quizás fuese más fácil ocultar la verdadera identidad del mancebo a ese ilustre tío del chico, que en su momento no lo había conocido en persona.
Pero, por si las moscas, era preferible elaborar un plan alternativo y estar preparados para cualquier emergencia con tal de no levantar sospechas a ojos del infante.

Nuño no sabía como reaccionaría Don Sancho si llegase a saber que su sobrino estaba vivito y coleando y su muerte, por la que ofició misas tendientes al eterno descanso del sobrino, sólo había sido una patraña para no tener que asumir sus obligaciones de príncipe, contrayendo matrimonio como es debido, y seguir al lado de su amante.
Y eso seguramente le molestaría bastante al real tío.
También podían obviar el trato con el infante y ver solamente al propio arzobispo Don Gutierre Ruiz de Olea, pero el administrador, que lo sucedería en la sede a su muerte, era el que se encargaba de todo lo que pudiese ser importante para la archidiócesis.
Así que no tenían escapatoria para librarse de la mirada sagaz del hermano del rey.
Pero lo que más absorbía los pensamientos del conde eran las conversaciones que tendría que llevar a cabo con el insigne rabino Yehuda ben Moshe ha-Kohen, médico real, astrónomo y un destacado escritor de la Escuela de Traductores, que llevaba tiempo traduciendo importantes obras científicas del árabe y hebreo al castellano.

Nuño le aclaraba al mancebo que este ilustre personaje era una de las figuras más preclaras de la cultura y que ya participara en una traducción al latín realizada junto con Guillelmus Anglicus del libro de la azafea de Azarquiel, un tratado que versa sobre un instrumento astronómico de precisión similar al astrolabio, pero que permite ser utilizado en cualquier latitud terrestre
 Añadía el conde que Yehuda también tradujo el Lapidario con la ayuda del clérigo Garci Pérez.
Y, además, insistía Nuño, tradujo de Abenragel la obra astrológica Libro complido de las judicios de las estrellas.
Y vertió al castellano el Libro de la ochava esfera en colaboración con Guillén Arremón Daspa.

El mancebo estaba asombrado ante los conocimientos del rabino y ya deseaba conocerlo y hablar con esa mente tan sabia de miles de cosas.
Y mientras tanto el conde seguía enumerando los méritos del judío y ahora le decía al chico que ya estaba trabajando con el rabí Isaac ben Sid en la composición de las Tablas alfonsíes.
Y por esa noche el conde no le informó al mancebo del resto de los planes que los llevarían hasta el borde de la península en el mismo estrecho de Gibraltar.
Y le dijo: “Por ahora te basta con saber esto... Y no perdamos más tiempo porque mañana madrugaremos y antes de dormir quiero volver a gozar de mis esclavos... Pero esta noche, después de follar no abraces ningún otro cuerpo que no sea el mío. Quiero sentirte pegado a mi piel, así que dejemos que Sergo se las apañe con Iñigo y si se le pone muy dura antes del amanecer, pues que se la meta a ese bello rubiales, ya que estoy seguro que no le hará ascos a la verga del vikingo. Creo que le gusta tanto como a ti”.
“Amo, Sergo es muy atractivo y cariñoso. No es raro que se gane el afecto de Iñigo y espero que el tuyo también”, añadió Guzmán.
Y Nuño respondió: “Se gana el afecto y algo más, me temo. Y de mí también, porque no voy a negarte que me gusta mucho ese cabrón”.

El mancebo sonrió complacido por las palabras del amo y supo sin lugar a dudas que Sergo ya era uno más de la familia del conde y no sólo un puto esclavo para saciarse con su cuerpo.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Capítulo IX


Siguieron días de intenso ajetreo en la torre, con juegos, entrenamiento esforzado de los muchachos con el amo y largas horas dedicadas al placer.
Nuño gozaba con sus esclavos en todos los aspectos, satisfaciendo su inagotable apetito sexual, desbordado aún más al ver sus cuerpos hermosos y sentir esa atracción que en lugar de remitir por el uso repetido y llegar a la saciedad o el hastío, necesitando carne nueva, se incrementaba y nutría como regado por ese erótico sudor, deseando cada vez más estar con ellos y sentir el amor de esos muchachos.

Había momentos en que no sabía a cual de ellos penetrar primero o besarle la boca como remate de una faena agotadora.
Y, sin embargo, casi de forma inconsciente ese último beso se lo daba a Guzmán en los labios.
El seguía siendo su predilecto en todo y el amor por ese mancebo no conocía límites ni reparaba en ansias para desearlo y hasta soñar con él cuando dormía.
Y ahora se encontraba en una contradicción y actitud paradójica, pues lo excitaba ver como se calentaba y le hervía la sangre y se desbocaba su deseo al montar a ese otro muchacho de aspecto nórdico, pero por otro lado le incomodaba pensar que desease hasta ese punto a otro hombre.
Eso le empujaba a sujetarlo entre los brazos, como queriendo ocultarlo a los ojos lascivos del otro y apetecerlo más si cabe para penetrarlo sin miramiento y perforando sus entrañas con mayor ímpetu que nunca.
Se diría que por momentos sentía celos y al mismo tiempo incitaba al mancebo a besar a Sergo y le separaba las nalgas a uno de ellos para que el otro babease al ver el ojete pringado de babas y preparado para que montase a lomos de su compañero y lo follase con todas sus ganas.
Y cuando uno se decidía a endiñársela al otro, el amo lo derribaba de un manotazo y lo apartaba de ese culo para metérsela él.
Luego agarraba al que había apartado bruscamente y también se la metía, pero antes, entre un polvo y otro, les azotaba las nalgas con severidad ante la mirada atónita de Iñigo, que no entendía ese modo de proceder de su amo, puesto que a él le daba por el culo con la misma fuerza y hasta con un punto de furia, pero no le azotaba con tanta dureza como a Gonzalo y a Sergo.

Fueron días cargados de erotismo y envueltos en un clima de lujuria sin freno.
Pero una mañana, tras zurrarle a los esclavos y dejarles las nalgas como fresas encarnadas y el ojete irritado como si les metiese guindillas por el culo, Bernardo entró en el aposento del amo anunciándole que desde el castillo había volado una paloma mensajera trayendo noticias de la llegada de un mensajero real.
El conde se levantó de la cama con prisa y ordenó al criado que trajese sus ropas y las de Iñigo y ensillasen sus caballos.
Sólo ese rubio y bello esclavo acompañaba al amo fuera de la torre y ante el mundo era su paje y doncel.
Los dos se vistieron con premura, aunque el conde daba la impresión que ya esperaba de un momento a otro la llamada del rey.
Y ni estaba sorprendido ni nervioso por ir a reunirse con ese mensajero de Don Alfonso.
Y antes de marcharse y dejar solos a sus otros dos esclavos, abrió un cofre mediano y sacó unos artilugios hechos con cuero rígido y remaches de plata.


Eran como dos pequeñas jaulas sujetas a una especie de braguero de correas, que se cerraba con un candado, y sin decir ni una palabra se los colocó a los dos chicos y los cerró con una llave que se colgó del cuello.

Los penes de los muchachos quedaron atrapados y sin posibilidad de erección, dado que aquello se lo impedía y solamente les dejaría mear cuando tuviesen ganas de hacerlo.
Al mancebo se le quedó la boca abierta y no logró pronunciar palabra y Sergo también se calló sin entender a que venía enjaularles el pito, pero el amo si habló y les dijo que tardaría en volver unos siete días y hasta entonces no follarían ni se masturbarían.
A su regreso los quería enteros y con los cojones a punto de estallar de tanta leche acumulada en ese tiempo y que la lascivia les saliese por las narices y la lujuria saltase desde sus ojos al verlo de nuevo.

Y el mancebo se atrevió a musitar: “Pero mi señor...”
Y el amo interrumpió su queja y le dijo: “Sé lo que te dije al venir a verte hace días. Pero aunque deseo que este joven te acompañe y os gustéis tanto como para buscaros en la oscuridad de la noche, como ha ocurrido en todas las que hemos pasadas desde entonces, no quiero que folléis entre vosotros hasta que yo esté presente de nuevo. Besaros, lameros y sobaros si podéis soportar el dolor de huevos y las molestias en la polla al no poder empalmarla.
Pero nada de penetraros mutuamente como hasta ahora. Por el momento ese placer os queda vedado y mantendréis una castidad forzada hasta mi regreso... Y en cuanto yo esté con vosotros otra vez, sé que me suplicaréis que os libere y estallarán esos penes en mis manos llenándolas de leche. Los eunucos sabrán limpiaros vuestras partes aunque tengáis eso puesto”.

Los besó a los dos con un calor que les abrasó la boca a los tres y los dos esclavos vieron irse a su amo y al otro compañero, quedando ellos desnudos y con los pitos encerrados para no poder follar.
Ya no sentían el escozor en las nalgas ni el picor en el ojete.
Ahora sus pensamientos y preocupaciones se centraban en la jaula de cuero que les aprisionaba el carajo.
Y los dos se sentaron en la cama y se miraron sin saber que decirse.
Y Sergo pudo reírse sin fuerzas, pero trasmitió esa risa al otro y los dos se tumbaron de espaldas riéndose como tontos.
Y en eso aparecieron los eunucos y quedaron espantados al ver en que situación dejaba el amo a los dos chavales.
Para ellos el no poder disponer sexualmente del pito no era una tragedia, pues ellos sólo gozaban poniendo el culo, pero en el caso de esos dos muchachos la cosa era muy seria, pues necesitaban sentir el gozo en la polla aunque les diesen por detrás.
Y, además, quién les iba a meter un cipote por el ano si los dos lo tenían cautivo y el amo no estaba con ellos para romperles el ojete a pollazos.
Y Hassan le dijo al mancebo: “Mi príncipe, os daré una infusión de hierbas que adormecerá el deseo y vuestros penes no sufrirán tanto, pues no se pondrán erectos. Nosotros cuidaremos del aseo de tu cuerpo y el del joven Sergo y no os faltará consuelo si sabéis remediar la falta de una polla rígida y en forma.... Mi señor, esto puede ser incluso bueno, ya que aprenderéis a besaros y acariciaros por el sólo placer de teneros el uno al otro y sin ansiar luego el estallido del sexo. Sé que no es fácil soportar esa falta cuando se está junto a un ser que amas y deseas. Pero el amo lo ha decidido así y su razones tendrá para ello...Yo creo mi príncipe que en parte se debe a un pellizco de celos en su corazón. Mas no creo que eso llegue a enturbiar la presencia de Sergo en esta casa. Al amo le gusta y apetece su cuerpo cada día más y tampoco el disgusta ver como tú, mi señor, gustas de este joven. Pero la condición humana es complicada y saber que su amado queda solo con otro cuyo cuerpo ansía, aunque también él lo ame, resulta duro y cuesta admitir que eso no resta en nada el amor que tú sientes por tu amante”.

Sergo no entendía mucho de lo que el eunuco quería decirle a Guzmán, pero le chocó que le llamase príncipe y preguntó el motivo de ese tratamiento.
Y Guzmán, a regañadientes, le fue explicando al muchacho toda la historia que hasta ese momento no deseara que el otro supiese.
Y Sergo se quedó asombrado al saber que el esclavo que amaba era en realidad un príncipe, sobrino del rey, y que oficialmente no estaba vivo.
Y recordó que Iñigo comparó una daga con la de Guzmán y Bernardo dijo que se parecía a la del príncipe.
Y ahora entendía a quien se refería al mencionarlo.

El mancebo lo estrechó muy fuerte contra el pecho y le dijo: “No soy más que tú ni quiero ser otra cosa que el esclavo de mi amo y tu amigo más querido. Sergo, siento por ti algo diferente al resto de las personas que he conocido hasta ahora y sólo es comparable a mis sentimientos por el amo. Ya que a Iñigo le quiero mucho y me gusta besarlo y tocarlo, pero la atracción por él no es ni igual, ni comparable a la que el amo y tú me provocáis. Sergo, no sé si podré aguantar siete días sin dar rienda suelta a mis instintos, pero te pido que me ayudes a no desobedecer ni deshonrar al amo. Y quiero que sepas que te quiero, pero si tengo que elegir, me quedaré con mi señor”.
Y el otro mozo también le habló al mancebo y le dijo: “Yo te amo y sólo quiero estar contigo. Pero si para ello es necesario que sea un esclavo, lo seré y serviré a mi amo como el mejor de los perros si con ello puedo seguir a tu lado. Pero te confieso que para mí el verdadero amo eres tú y a ti sirvo aunque obedezca a otro. Contigo hago el amor y con ellos pongo más sexo que sentimiento, pero los aprecio y me gusta estar con ellos. Y nuestro amo, a pesar de habernos castigado de este modo, sabe hacerse respetar y aunque no quieras terminas por apreciarlo y querer estar con él. Es un buen macho y un gran guerrero. Y su cuerpo es fuego cuando nos posee. Me excita ver como te penetra y mi rabo crece y babea al sentir su verga entrando en mi culo. Ayúdame tú a poder aguantar sin que mi cipote no reviente antes de terminar esa semana que nos queda de suplicio. Porque aún sin pasar una hora, ya lo estamos lamentando y unos simples minutos nos parecen una eternidad al saber que nuestras pijas no pueden levantarse”.

Y Sergo tenía razón porque sus miembros viriles ya pugnaban por elevar sus cabezas y les dolían al no permitírselo la jaula de cuero.