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Autor: Maestro Andreas

jueves, 7 de febrero de 2013

Capítulo XXXVI



Alejados ya del palacio de Galiana, el conde se detuvo en una plazuela formada por le cruce de tres calles estrechas, de las que sólo una era casi llana y las otras dos se iban separando de la otra ascendiendo una hacia la parte más alta de la ciudad y la otra formaba pendiente para ir hacia abajo y enlazar con otras vías que llevaban a las puertas de las murallas.
Nuño se sentó en un poyete adosado al muro de una humilde casa y sus esclavos lo rodearon sin decir palabra, pero atentos a la expresión del rostro de su señor.

El conde todavía estaba asimilando el que suponía fatídico encuentro con Doña María y el mancebo no acertaba en dar con una solución que evitase la tragedia inminente y con ella su separación del amo en esta vida.
Y el que acertó a pasar por allí fue un judío, que por su aspecto y vestimenta tenía que ser un rabino, y el chico no dudó en preguntarle por donde se iba a la sinagoga mayor.


El hombre, con un gesto y un tono de voz muy apacibles, y reparando en que ninguno de ellos vestía a la usanza hebrea, quiso saber que interés les movía a ir a ese templo.
El mancebo, comprendiendo la intención de las preguntas del rabino, le respondió que le habían hablado de esa construcción en Sevilla y le contaran las excelencias arquitectónicas y singular belleza de esa sinagoga; y por eso le gustaría verla y poder admirarla detenidamente.

El rabino sonrió y sin dejar de fijarse en los emblemas heráldicos que lucía el conde y sus hombres en el pecho, le dijo al mancebo: “Es un templo mudéjar algo particular, pues fue creado por canteros moros.
Lo forman cinco naves y las paredes son blancas y lisas, levantadas en ladrillo. Tiene treinta y dos pilares octogonales rematados en arcos de herradura, por lo que recuerda a una mezquita.
Pero los capiteles que coronan las columnas, adornados de piñas y volutas, denotan influencia del arte románico de las iglesias cristianas.
Es como si en ese templo quisiesen reunir los tres credos y que pudiese servir para adorar al mismo Dios.
Luego, por encima de los arcos, destacan los frisos horizontales, decorados con entrelazados geométricos de origen almohade.
Existe contraste entre el exterior muy sobrio y el interior elaborado con esmero, pero, conforme a la tradición oriental, se puede decir que el mismo vive hacia el interior”.

Guzmán escuchaba al buen hombre con una atención religiosa y parecía que en sus ojos oscuros se reflejaba el templo y se asombraban ya por la maestría y pericia de sus constructores.
Y el rabino continuó diciendo: "Ya desde sus inicios, ese templo formaba parte de las diez sinagogas toledanas, que Yehuda ben Shlomo al-Jarizi, en sus escritos, ya hace un siglo, consideraba de la siguiente manera: "Vine a la extensa ciudad de Toledo, capital del reino, que está revestida del encanto de la dominación y ornada con las ciencias, mostrando a los pueblos y príncipes su belleza" Y seguía diciendo ese sabio: "Cuántas sinagogas hay en ella de belleza incomparable! Allí toda el alma alaba al Señor”.

Guzmán no se atrevía a interrumpir al hombre que le parecía tan ilustrado y de carácter reposado, pero, en un inciso que hizo el rabino, seguramente para tomar más aire o tragar saliva, el chico le preguntó: “Señor, os dirigís allí?”
Y el rabino le contestó que iba a encontrarse con un buen amigo suyo, que aún no siendo judío ni profesar su credo, también estaba muy interesado en todas esas cosas relativas al pensamiento y la creación literaria y artística de los hombres, fuese cual fuera su forma de expresión y el cauce por el que trasmitían su saber y su arte.

Y el conde, que aún preocupado con sus temores no dejaba de poner atención a la charla del esclavo y el rabino, se levantó con energía y dijo a sus chicos que se pusiesen en marcha para acompañar al hebreo hasta la sinagoga; y que éste, con amplia sonrisa, mostró amablemente su agrado por la compañía del señor y sus hombres para terminar de recorrer el camino hasta dicho templo.

Ramiro se acercó al mancebo y en voz baja le preguntó si la situación era tan preocupante como parecía a tenor de la expresión grave del amo, y Guzmán le respondió que podía ser tanto como fuese la ira del rey al conocer la falsedad de una noticia que desde hacía tiempo creía cierta e irreparable.
Pero también le dijo que no se preocupase por su seguridad, pues a él ni a los otros muchachos les alcanzaría la cólera real.

Ramiro sujetó al mancebo por un brazo y lo detuvo.
Y mirándolo con fuego en los ojos le juró que no permitiría que le tocasen ni un sólo pelo de la cabeza mientras a él le quedase una gota de sangre en sus venas.
Y que estaba seguro que tanto Sergo como Iñigo responderían de igual forma llegado el momento para salvarlo a él y al amo.

Guzmán le dio un beso en la mejilla, pero el otro chico se cobró de motu propio otro en la boca, y el mancebo, alargando ese beso repentino de Ramiro, le dijo: “No es necesario ningún sacrificio por mi causa ni por la del amo, si hemos de soportar el castigo del rey. Ni siquiera permitiré que mis fieles imesebelen hagan nada ni levanten sus armas en contra de la mano justiciera de nuestro soberano. Sólo lamentaré dejaros a todos, porque os amo y deseo estar con vosotros más tiempo. Pero mi recompensa es grande al final de una vida plena al lado de mi señor, pues me iré con él y nuestro amor será eterno”.


El chico, cargado de hormonas revolucionadas por el perfume de las feromonas del mancebo, no entendía aún esa referencia de Guzmán a sus imesebelen, puesto que para él esos negros bestiales eran esclavos del conde, ya que ignoraba la identidad secreta de ese esclavo y mucho más el rango de príncipe real que le daba la sangre que corría por sus venas.
Cómo podía imaginar el joven que ese aroma que le ponía la polla dura como un leño salía del cuerpo de un sobrino carnal del propio rey de León y Castilla, que además era nieto de un califa.
Y a Ramiro nada de eso le importaba ya, pues estaba encelado con Guzmán y aceptaba rebajarse a la condición de esclavo sólo por merecer rozarlo con sus dedos y besarlo como acaba de hacer.
En eso no sería menos que Sergo y lucharía en buena lid por lograr la estima del mancebo y el premio de entrar en ese cuerpo que adoraba cada día con más fuerza.
Y para eso se doblegaría ante el conde y sería su más obediente puta y siervo aunque le destrozase el culo a pollazos. que por otra parte ya le iba gustando cada vez más eso de notar la verga entrando por su recto hasta trabarse en su ano con los cojones.
Sobre todo cuando era el conde quien le daba por culo a pesar del grosor de su instrumento y la fuerza conque le atizaba y apretaba los muslos contra sus carnosas nalgas, que se las mazaba a palmadas mientras lo follaba.
Aún le escocía el ultimo polvo que le había echado el amo y que casi le deja la carne morada y contusionada de tanto azote y golpes para entrarle más a dentro y preñarlo sin remedio.

Sergo también se la endiñaba con ganas, pero, sin embargo, llegado un punto en la follada, era como si se dulcificase sobre su lomo y le hiciese cariñosamente el amor.
Lo mismo que le estaba pasando a él las dos ultimas veces en que había montado a Sergo.
Se lo hizo como si estuviese penetrando al mancebo y le entraron unas ganas irresistibles de besarle la espalda y el cuello y hasta de decirle que lo amaba si no fuera porque le daba reparo hablar en esos términos delante del amo y que aquel otro joven tan bueno de hechuras no era Guzmán.

Y, de repente, el conde se fijó en Ramiro y Guzmán; y al verlos juntos se dijo para sus adentros: “Qué guapos son esos dos jodidos y qué culos tienen los muy cabrones! Si me dejase llevar por mis instintos les daría por culo aquí mismo a los dos y delante de este santo varón. Y luego le daría a Ramiro el gustazo de cabalgar sobre esa puta preciosa que es mi amado mancebo. Verlo meterla por ese culo jugoso y contemplar el suyo apretándose contra el del otro, tiene que ser un espectáculo digno de dioses. Qué cachas velludas pero sabrosas tiene el puto Ramiro! Joder!


Y pensar que puedo perder estas delicias si al rey le da por cortarme la cabeza! O la polla, que para el caso es lo mismo o peor. Esperemos que no le den esa idea y me cape por mentirle”.

Y oyeron la voz del rabino anunciándoles que ya estaban a las puertas de la sinagoga mayor de Toledo.

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