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Autor: Maestro Andreas

domingo, 6 de octubre de 2013

Capítulo XCIII




Y por fin el sultán dio por terminado aquel fastuoso banquete retirándose con su séquito de eunucos, efebos, concubinas y esclavos.
Y los asistentes levantaron sus reales y también hicieron mutis con sus respectivos acólitos que les acompañaran para hacerles la cena más llevadera y agradable.
Y Así lo hicieron el conde y el príncipe Nauzet, que deseó sueños dulces al bello príncipe Yusuf y también a sus acompañantes.


Nuño cogió del brazo al mancebo y al ver que Yuba quedaba algo descolgado y los seguía detrás cabizbajo, su amo se volvió hacia él y también lo cogió con su otro brazo, diciéndole: “Ven. No te quedes detrás, porque tú ya no eres un esclavo más, sino el otro capricho de tu señor. Esta noche comenzará para ti una nueva vida en la que nunca más habrá cadenas ni anillos que ahoguen tu cuello por mucho que estén fabricados de oro. Espera a que te quite este que llevas y no habrá otra cosa que lo sustituya para retenerte a mi lado a no ser mis propios brazos”.

Y el conde abrió el aro de oro que el esclavo llevaba al rededor de su cuello y lo tiró a un rincón del patio, despreciando ese objeto que sólo era un signo de opresión.
Y, de inmediato, unos criados del sultán se lanzaron a por el collar del esclavo, pensando que sin duda ese noble extranjero estaba loco al deshacerse de algo hecho con un metal tan valioso.
Los pobres desgraciados, en su situación, no podían entender que si algo le sobraba al conde era oro precisamente.
Y, sin embargo, un buen esclavo de la talla de Yuba no era nada fácil encontrarlo, ni pagado con todo el oro del mundo.
Y eso que ni Nuño ni Guzmán sospechaban aún que el chico no era un vulgar soldado apresado en combate, sino el hijo de uno de los más destacados consejeros del sultán de Fez.

Yuba era un joven noble berberisco, cuyo padre nadaba en la abundancia y ese vástago era la niña de sus ojos y la luz que debía alumbrar su vejez dando lustre a su estirpe.
La noticia de su captura o muerte en el combate sería un duro golpe para el padre; y desde que su hijo se fuera con las tropas del sultán, no vivía aguardando el momento de volver a ver vivo a su hijo o saber que le habría ocurrido al no regresar a su casa.


De haber sido cogido como rehén, estaba dispuesto a lo que fuese con tal de recuperar a ese muchacho que era todo lo que más amaba ese noble hombre; y no repararía en esfuerzos ni oro para pagar el rescate que con tal que le devolvieran a ese hijo tan amado.
Y si quien lo retenía en su poder era ese noble extranjero al que fueron a matar para capturar al llamado príncipe Yusuf, le ofrecería lo que más de lo que pensase en pedirle y más de lo que nunca soñase ese hombre, con tal de conseguir la libertad de su precioso hijo Yuba.

Lo que no sabía el padre del chico era que el problema estaba en que el conde nunca soltaría por dinero a ese esclavo tan hermoso y que ya empezaba a saber como darle placer a su dueño.
A Nuño le gustaba sobre manera ver al chico desnudo y apreciar sus formas y tocar su piel que parecía estar espolvoreada de canela.
El aroma del rapaz excitaba al conde como lo hacía también el olor de Guzmán. Y entre esos dos muchachos el conde pensaba repartir su favores esa noche gozándolos a partes iguales.
Eran tan bellos ambos rapaces y estaban tan dispuestos a entregarse a su amo, que tendría que estar loco el hombre que renunciase a cualquiera de los dos por más que le ofreciesen fortunas incalculables.

Nuño podía apartar de si a un joven que le alegraba el ojo y le hacía vibrar su sexo con sólo pensar en poseerlo y usarlo, cuando las circunstancias propiciaban que esa separación, fuese o no momentánea, supusiese algo bueno y venturoso para ese muchacho, como ya ocurriera con otros que le sirvieron antes.
Pero por una mera cuestión crematística, jamás.
Y por supuesto que al conde le dolía desprenderse de esos jóvenes a los que sin duda amaba.
Y todavía estaba muy fresca la herida de ver partir y alejarse de él a Ramiro e Iñigo, aunque la separación de éste último sólo fuese por un tiempo.

Pero esa noche en los aposentos del palacio del sultán, Nuño veía como los eunucos desnudaban a sus dos esclavos y los dejaban listos para servirse de ellos como le gustase.
El conde presenció todos los preparativos y cuidados a que los dos castrados sometieron a ambos jóvenes, incluso la limpieza de sus tripas para no molestar con heces y malos olores el olfato de su señor.


En eso estos dos siervos eran muy habilidosos y dejaban el cuerpo de los jóvenes tan limpio y aseado por fuera como por dentro.
Y Nuño apreció mejor a la luz de unos hachones las dos bonitas figuras de sus esclavos, excitándose completamente sin necesidad de tenerlos más cerca ni llegar a tocarlos.

Y los dos chicos también se empalmaron al ver el gran cipote de su dueño levantado en armas para rendirlos en una singular batalla a pollazos en la boca y en el culo de cada uno de ellos.

Y no dedicaría su tiempo primero a Guzmán y luego a Yuba, porque los quería juntos en su lecho y puestos de bruces ofreciéndole el culo.
Y se lo sobó a los dos al mismo tiempo y les metió un par de dedos por el ano a cada uno.
Y al unísono los chicos respiraron hondo y gimieron como cachorras a las que su amo les acaricia la panza o detrás de las orejas.


Estaban encendidos los dos esclavos deseando ser montados por el dueño, mas éste retrasaba el placer de darles por el culo porque deseaba disfrutar mucho más jugando con ellos y hartándose del aroma de sus cuerpos y el suave tacto de unas nalgas que ni recubiertas de seda serían más agradables a los sentidos.
Los dos muchachos se miraban a los ojos con las mejillas pegadas a las sábanas y de sus bocas salía un intento de beso que no se decidía a avanzar los escasos centímetros que las separaban.

Y el conde, al verlos, les ordenó que se besasen y no dejasen de hacerlo mientras él no ordenase lo contrario.
Y para Yuba supuso un indescriptible e inesperado gozo sentir en sus labios los de Yusuf.
Y se calentó tanto que parecía salirle humo por ojo del culo.

Y el conde aminoró ese fuego lamiendo el esfínter del chaval y dejando que su lengua le entrase para remojar más la boca del culo.
Y Nuño le ordenó a Guzmán que le mamase la verga y la dejase muy ensalivada para que resbalase más al entrar por el ojete de Yuba.
Pero sólo le dio por el culo durante un rato al nuevo esclavo, dejándolo con las ganas cuando estaba más cachondo y se abría de patas para tragarse al amo entero si fuese posible que le entrase por el culo todo su cuerpo.
Y nada más sacarla de Yuba, le mandó a éste que se la chupase y se la preparase para metérsela al mancebo.

Y le tocó el polvo a Yusuf otro rato no muy largo, porque el conde ya le dijera al otro mozo que se pusiera a cuatro patas para recibir su cipote de golpe por el ano.
Y luego le tocaría otra vez al mancebo y luego a Yuba; y así hasta que el conde no pudiese aguantar más y eligiese en cual de los dos culos iba a dejar su leche primero.

Apuró al máximo el placer y retardó cuanto pudo el orgasmo, pero al estar dentro de Yuba no pudo retenerlo más y dejó salir por su glande dos chorros de semen que lograron que el chico se corriera de gusto al sentirlos.

Y el mancebo le pidió al amo con los ojos que al menos le dejara lamer el agujero de su compañero y saborear esa leche conque tan generosamente lo preñara.


Y fue recompensado por el amo con ese premio y también le dejó que se corriese mientras le comía el culo al otro.
Sin embargo, quizás tanto el amo como ese par de esclavos gozasen mucho más al besarse los tres juntos una vez que sus huevos estaban vacíos tras el primer asalto de la noche.

Y al terminar el segundo tiempo, después de una acometida aún más brava y duradera que la anterior, en la que terminó siendo preñado el mancebo en lugar de Yuba, y mientras volvían a besarse sus tres bocas, Yuba le dijo al conde que le permitiese decirle algo que debía saber.
Y el chico le contó cual era su verdadera condición en el otro sultanato, o mejor dicho la de su padre.
 Y llorando como un niño sin consuelo le confesó que ahora ya no deseaba ser devuelto a su casa.
Y no le ocultó al conde sus recelos a que lo entregase a cambio de un cuantioso rescate pagado por su progenitor si llegaba a sus oídos que estaba vivo y cautivo.
Le contó a Nuño y a Yusuf lo mucho que quería a su padre y cuanto lo amaba éste a él.
Pero les dejó claro que no cambiaba su situación en poder del conde por tener otra vez la vida regalada y bastante aburrida que disfrutaba antes en la casa de su padre.
Les dijo que ahora sabía lo que era el amor y sobre todo el placer.
Y no podría vivir de nuevo una existencia sin ese tipo de sexo ni estar dominado por un macho de tal virilidad como lo era su nuevo señor.
“Al fin y al cabo (dijo el muchacho) antes también tenía un amo y me ordenaba luchar por su causa y entregarle mi vida para servirlo como mejor le pareciese. Pero sin darme por el culo, pues imagino que eso sólo lo hará con los hermosos y jovencísimos adolescentes que siempre lo rodean, además de follar con sus mujeres y concubinas. Aunque parezca lo contrario, la vida en esa corte no es igual de animada para todos los jóvenes de noble estirpe... Desde la pubertad nos vigilan y nos mantienen vírgenes hasta que nuestros padres conciertan un casamiento ventajoso para los intereses de ambas familias. Es luego, al estar emancipado de tu padre, cuando en tu propia casa puedes usar y abusar de jóvenes esclavos y eunucos, o mujeres según tus apetencias. Pero lo de poner el culo al ser ya mayor de veinte años no está bien visto. Antes, siendo más joven, puede ser aceptado y siempre que seas de clase humilde. Pero un noble no debe dejar que otro macho lo use como a una hembra. Y eso a mí ya me gusta demasiado para prescindir de esa sensación que noto cuando mi amo me penetra el culo. Por eso no me gustaría dejar de servirte, mi señor”.

Esa confesión le llegó a lo más hondo del alma al conde y el mismo mancebo se adelantó a darle un fuerte beso a ese nuevo compañero que con tanta sinceridad se doblegaba a los pies de su amo y señor.
Y con lo guapo que era el chaval, cómo iba el conde a despreciar sus servicios?
 Lo sentía por el padre de Yuba, pero el chico se quedaría esclavizado a su lado, más por la fuerza de la verga que de las cadenas más gruesas que fuera posible fabricar.

La lujuria, cuando es fuerte, liga más a los seres que los lazos de sangre.
Y, entre los humanos, no hay mejor unión ni más duradera mientras no se enfríe el deseo, ni se esfumen las ganas de sexo entre ellos.

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